- Revisar software, inicio de Windows y espacio en disco es clave para recuperar velocidad en ordenadores lentos.
- Optimizar efectos visuales, energía y memoria (RAM y virtual) mejora mucho el rendimiento general.
- Un SSD y una buena limpieza física del equipo pueden transformar un PC viejo en un equipo ágil.
- Mantener Windows, drivers y seguridad al día evita problemas de lentitud por fallos y malware.
Con el paso del tiempo es normal que un ordenador con Windows empiece a ir cada vez más despacio: tarda una eternidad en arrancar, abrir programas se vuelve un suplicio y cualquier tarea sencilla parece que pone el sistema al límite. Antes de dar por hecho que ha llegado la hora de jubilarlo, merece la pena revisar unos cuantos puntos clave, porque en muchos casos puedes recuperar casi toda la velocidad original sin gastar apenas dinero.
La idea es que puedas ir aplicando las mejoras desde las más simples hasta las más avanzadas, probando una a una y parando cuando veas que el equipo ya responde como quieres. Empezaremos por la limpieza de programas y archivos, seguiremos con ajustes de Windows (inicio, energía, efectos visuales, memoria virtual, actualizaciones) y terminaremos con soluciones de hardware como cambiar a un SSD, ampliar RAM o limpiar el interior del equipo para evitar sobrecalentamientos. Todo está explicado con lenguaje claro y usando expresiones de España, para que cualquiera pueda hacerlo en casa sin complicarse demasiado.
Hábitos básicos para que tu PC no se arrastre
Antes de meternos con ajustes más técnicos, conviene asumir que los hábitos de uso influyen muchísimo en la velocidad del ordenador. Puedes dejarlo fino hoy, pero si lo maltratas a diario volverá a ir lento en pocas semanas.
Es recomendable que te acostumbres a cerrar por completo los programas que no uses en lugar de dejarlos siempre minimizados. Navegadores, suites ofimáticas, apps de chat y juegos acumulan procesos en segundo plano que consumen memoria RAM y CPU incluso cuando no estás interactuando con ellos.
También ayuda mucho apagar el ordenador al final del día en vez de dejarlo siempre en suspensión. Un apagado y arranque limpio vacía memoria, cierra servicios atascados y evita que pequeños errores se vayan acumulando hasta volver el sistema inestable y pesado.
Otro gesto sencillo es vaciar la Papelera de reciclaje con cierta frecuencia, sobre todo si sueles borrar muchos archivos grandes (vídeos, imágenes en alta resolución, instaladores, etc.). Aunque estén en la Papelera siguen ocupando espacio en disco, y un disco mecánico muy lleno se vuelve especialmente lento.
En ordenadores actuales con Windows 10 u 11 no es buena idea instalar antivirus de terceros pesados que duplican funciones. Windows Defender (ahora Seguridad de Windows) es más que suficiente para la mayoría de usuarios y consume menos recursos que suites enormes llenas de extras que apenas aportan nada.
Por último, conviene que limpies físicamente el polvo del interior de la torre o del portátil de vez en cuando. Los ventiladores y disipadores sucios hacen que el equipo se caliente más, y cuando la temperatura se dispara, el procesador y la gráfica reducen su frecuencia automáticamente, provocando una bajada de rendimiento muy notable. Si quieres conocer más sobre mantenimiento y cuidados que alargan la vida del PC, es un buen complemento a esta limpieza.
Desinstala programas y aplicaciones que no usas

Uno de los motivos más habituales de que Windows vaya cada vez más lento es acumular montones de programas que ya no utilizas. Muchos de ellos arrancan servicios en segundo plano, añaden tareas programadas o se cuelan en el inicio del sistema, consumiendo recursos constantemente.
En Windows 10 y Windows 11 es muy fácil eliminar software que ya no necesitas desde la configuración moderna. Solo tienes que abrir el menú Inicio, entrar en Configuración > Aplicaciones > Aplicaciones instaladas (o «Aplicaciones y características» dependiendo de la versión) y revisar con calma la lista.
Cuando veas un programa prescindible, haz clic en él y pulsa en Desinstalar para que se borre por completo del sistema. Evita tocar aplicaciones que no conozcas pero que sean de Microsoft o del fabricante del equipo, porque en muchos casos son necesarias para que funcionen correctamente algunos componentes.
Este proceso también es válido para juegos, lanzadores y utilidades puntuales que instalaste “por probar” y se quedaron ahí. Al desinstalarlos liberarás espacio en disco y reducirás procesos en segundo plano, algo que en ordenadores con poca RAM se nota bastante.
Mantén el Escritorio lo más limpio posible
El Escritorio de Windows es muy tentador para ir dejando accesos directos, carpetas y archivos sueltos, pero si lo llenas hasta los topes el arranque del sistema se vuelve más pesado. Cada icono es un elemento gráfico que Windows tiene que dibujar y gestionar al inicio de sesión.
No se trata de borrar todo, sino de organizar tus documentos en carpetas dentro de las bibliotecas habituales (Documentos, Imágenes, Descargas…) y dejar en el Escritorio solo lo que realmente necesites tener a mano esos días.
Un truco sencillo es crear una única carpeta en el Escritorio, algo tipo «Pendiente» o «En curso», y meter dentro todos los archivos y accesos directos que suelas usar a corto plazo. De ese modo verás muy pocos iconos y el arranque será algo más ligero, especialmente en máquinas viejas.
Controla qué programas se inician con Windows
Otra fuente de lentitud al encender el PC son los programas que se abren automáticamente cada vez que arrancas sesión. Clientes de mensajería, plataformas de juegos, servicios de música, herramientas de sincronización… si todos se ejecutan a la vez, el inicio puede tardar minutos.
Para tenerlo bajo control abre el Administrador de tareas. Puedes hacerlo con la combinación Ctrl + Shift + Esc o con Ctrl + Alt + Supr y eligiendo «Administrador de tareas». Si te aparece la versión simplificada, pulsa en Más detalles para ver todas las pestañas.
Ve a la pestaña Inicio (en Windows 11 puede llamarse «Aplicaciones de arranque») y revisa la lista de programas configurados para iniciarse con el sistema. Fíjate especialmente en las columnas de Estado (Habilitado/Deshabilitado) y en el Impacto de inicio (Bajo, Medio, Alto). Si quieres herramientas avanzadas para controlar el arranque, Autoruns es una opción para usuarios experimentados.
Selecciona todas las aplicaciones que no necesitas nada más encender el ordenador y pulsa en Deshabilitar para impedir que se ejecuten automáticamente. No las estás desinstalando; simplemente las abrirás tú manualmente cuando te hagan falta. Notarás la diferencia sobre todo en equipos con procesadores modestos y discos mecánicos.
Comprueba que el equipo esté libre de virus y malware
Un PC puede volverse insoportablemente lento porque tenga malware consumiendo CPU, memoria o ancho de banda en segundo plano. Mineros de criptomonedas, adware, barras de herramientas, extensiones sospechosas en el navegador o troyanos pueden quedarse trabajando sin que lo notes.
Windows 10 y 11 incluyen Seguridad de Windows (antes Windows Defender), que ofrece un nivel de protección muy digno sin penalizar en exceso el rendimiento. Para abrirlo ve a Configuración > Privacidad y seguridad > Seguridad de Windows y pulsa en Abrir Seguridad de Windows.
Dentro, entra en Protección antivirus y contra amenazas y pulsa en Examen rápido para hacer una comprobación básica de las zonas más críticas del sistema. Si quieres ir a fondo, entra en «Opciones de examen» y ejecuta un análisis completo o un examen sin conexión, que reinicia el PC y revisa el sistema antes de que se cargue Windows.
Como complemento ocasional, puedes usar herramientas especializadas como Malwarebytes o AdwCleaner para localizar adware y software potencialmente no deseado. Pásalas, elimina lo que detecten y deshazte de extensiones raras en tus navegadores. Si había malware chupando recursos, el ordenador respirará mucho mejor.
Libera espacio en tu disco duro con herramientas seguras
Cuando un disco mecánico (HDD) está demasiado lleno, Windows tarda más en leer y escribir datos, y todo se hace más pesado: desde abrir carpetas hasta copiar archivos. Por eso conviene hacer una limpieza de vez en cuando.
En lugar de volverte loco con programas de terceros agresivos, puedes usar el Liberador de espacio en disco integrado en Windows. Pulsa Inicio y escribe cleanmgr en el buscador; te aparecerá esa herramienta. Ejecútala, a ser posible, como administrador.
Primero tendrás que elegir la unidad que quieres limpiar (normalmente C:). Después Windows analizará qué tipos de archivos se pueden borrar con seguridad: temporales, cachés, miniaturas, volcados de memoria, etc. Ese cálculo puede tardar desde unos segundos hasta varios minutos, según la cantidad de basura acumulada.
Cuando termine, verás una lista con las categorías disponibles y el espacio que ahorrarías al marcar cada una. Al seleccionar una categoría, el propio sistema te explica qué se va a borrar. Marca lo que te interese, pulsa en Aceptar y confirma cuando te pregunte si estás seguro de querer eliminar esos archivos.
Si quieres una limpieza algo más avanzada y sabes lo que haces, herramientas tipo CCleaner pueden ayudarte a borrar temporales y residuos, pero es recomendable evitar ajustes agresivos o toquetear el Registro de Windows sin necesidad, porque puedes liarla sin ganar apenas rendimiento real.
Desfragmenta el disco duro mecánico (si no es SSD)
En los discos duros tradicionales, los archivos se van almacenando en trocitos repartidos por distintas zonas del plato magnético. Con el tiempo eso provoca que la lectura sea menos eficiente porque el cabezal tiene que saltar de un lado a otro. A ese fenómeno se le llama fragmentación.
Para reorganizar esos fragmentos y acelerar el acceso a los datos, Windows incluye una herramienta de desfragmentación y optimización de unidades. Escribe «desfragmentar» en el menú Inicio y abre «Desfragmentar y optimizar unidades».
Selecciona la unidad de disco mecánico que quieras mejorar y pulsa en Analizar para que Windows te indique el estado actual de fragmentación. En función del porcentaje, puede recomendarte o no optimizarla.
Si decides seguir, haz clic en Optimizar y deja que el proceso se complete. Puede tardar bastante, sobre todo si hace tiempo que no se realiza o si el disco es muy grande, pero durante ese tiempo notarás cierto consumo de recursos. En SSD modernos no es necesario desfragmentar, ya que usan otro tipo de optimización automática.
Configura mejor la memoria virtual de Windows
Cuando la memoria RAM se queda corta, Windows recurre a un área del disco duro llamada archivo de paginación o memoria virtual. Leer y escribir ahí es muchísimo más lento que en la RAM, pero es preferible a que el sistema se quede sin memoria y se cuelgue.
En algunos casos, sobre todo si tienes poca RAM física, puede ayudar ajustar manualmente el tamaño de esa memoria virtual. Para ello abre Configuración, entra en Sistema > Información y pulsa en Configuración avanzada del sistema (en el panel derecho o inferior).
En la ventana clásica que se abre, ve a la pestaña Opciones avanzadas y pulsa en Configuración dentro del apartado Rendimiento. Se abrirá otra ventana nueva con varias pestañas; entra de nuevo en «Opciones avanzadas».
En el bloque de Memoria virtual pulsa en Cambiar para editar el archivo de paginación. Primero desmarca «Administrar automáticamente el tamaño del archivo de paginación para todas las unidades». Después selecciona la unidad deseada y fija un tamaño inicial y máximo en MB algo superior al que Windows traía por defecto.
Como referencia, puedes aumentar en 1000 o 2000 MB respecto al valor automático si tienes poca RAM. No es una solución mágica, pero ayuda a que el sistema tenga más margen cuando abres muchas aplicaciones a la vez.
Ajusta el plan de energía para priorizar el rendimiento
Windows suele venir configurado con un plan de energía equilibrado entre consumo y rendimiento, lo cual está bien para la mayoría de usuarios. Pero si tu ordenador va especialmente lento y no te importa que consuma algo más, puedes forzar un modo más agresivo.
En el Panel de control clásico (búscalo en Inicio) entra en Hardware y sonido > Opciones de energía. Allí verás los planes disponibles. Si no te aparece todo, pulsa en Mostrar planes adicionales.
En muchos equipos verás la opción de Alto rendimiento. Selecciónala para que el procesador y otros componentes no reduzcan tanto su frecuencia para ahorrar energía. Notarás la diferencia especialmente en portátiles conectados a la corriente.
Ten en cuenta que, al hacer esto, el portátil consumirá más batería y se calentará algo más. Es un ajuste interesante si el equipo va justo de potencia o si lo usas para tareas algo pesadas (edición, juegos, trabajo con muchas ventanas) y lo tienes enchufado la mayor parte del tiempo.
Reduce efectos visuales y desactiva animaciones
Desde hace años, Windows incorpora transiciones, sombras, transparencias y animaciones para que la interfaz sea más vistosa. Todo eso está muy bien en equipos modernos, pero en máquinas ajustadas de recursos puede convertirse en un lastre.
Para recortar estos adornos abre la ventana de Configuración avanzada del sistema > Opciones avanzadas > Configuración (en Rendimiento). En la pestaña de Efectos visuales verás una lista con todos los efectos activados.
La forma rápida de aligerar el sistema es marcar «Ajustar para obtener el mejor rendimiento», lo que desactiva prácticamente todos los efectos. Si te parece demasiado radical, puedes ir quitando solo los que consideres prescindibles, como las animaciones de minimizar y maximizar ventanas, las sombras bajo los menús o el efecto de desvanecimiento. Para guías específicas sobre cómo desactivar estos efectos y mejorar el inicio, consulta esta guía.
Además, puedes eliminar las transparencias en la interfaz desde Configuración > Personalización > Colores, desmarcando la opción «Efectos de transparencia». Es un cambio estético ligero, pero que ayuda a descargar un poco la gráfica integrada.
Silencia notificaciones y procesos poco útiles
Las notificaciones constantes de aplicaciones, correo, redes sociales y del propio sistema no solo distraen: muchas veces implican procesos residentes que se mantienen activos para poder avisarte al momento de cualquier novedad.
Para ganar algo de ligereza entra en Configuración > Sistema > Notificaciones. Allí puedes, si quieres, desactivar directamente el interruptor principal de Notificaciones para que Windows deje de mostrar avisos.
Si prefieres afinar, desplázate un poco hacia abajo y configura aplicación por aplicación cuáles pueden enviarte avisos y cuáles no. Desactiva sin miedo todo lo que no sea importante para ti (juegos, promociones, herramientas que apenas usas…). Menos cosas en ejecución significa más recursos para lo que de verdad te interesa.
Actualiza Windows y los controladores del hardware
Otra causa posible de que el equipo se note torpe es que estés usando una versión antigua de Windows o drivers desactualizados que arrastran errores conocidos, problemas de gestión de energía o de compatibilidad.
Para revisar el sistema ve a Configuración > Windows Update y pulsa en Buscar actualizaciones para que el propio Windows descargue e instale las últimas versiones disponibles. A menudo incluyen mejoras de estabilidad y rendimiento, además de parches de seguridad.
En esa misma sección, si aparecen actualizaciones opcionales, échales un ojo, porque algunas corresponden a nuevos controladores para componentes como la gráfica, el sonido o el chipset. Suelen ser menos críticas, pero en ocasiones arreglan problemas concretos de rendimiento.
Para ir un paso más allá, es recomendable descargar los drivers actualizados desde las webs oficiales de los fabricantes (NVIDIA, AMD, Intel, etc.) para la tarjeta gráfica y de la propia marca de tu equipo o placa base para el resto de componentes. Muchas marcas ofrecen herramientas y software del fabricante que centraliza estas actualizaciones.
Limita servicios y procesos en segundo plano
En un Windows instalado desde hace años es habitual encontrar servicios que se ejecutan en segundo plano sin que recuerdes ni para qué los pusiste. Muchos pertenecen a programas que ya no usas o a componentes que ya no tienes conectados.
Desde el Administrador de tareas, en la pestaña Procesos, puedes ordenar por consumo de CPU, memoria o disco y detectar qué aplicaciones están abusando de los recursos. A veces basta desinstalar la app problemática o revisar sus ajustes para que deje de ejecutarse siempre. Si aparecen procesos relacionados con el sistema que no entiendes, documentación como la de Task Host ayuda a identificar y resolver errores comunes.
En la pestaña Servicios del propio Administrador de tareas también verás servicios activos. Aquí hay que tener más cuidado, porque detener servicios del sistema o de drivers críticos puede causar fallos. Limítate a deshabilitar lo que sepas exactamente qué es, o busca su nombre en Internet antes de tocarlo.
Evita el sobrecalentamiento: limpia ventiladores y mejora la refrigeración
Un factor que mucha gente pasa por alto es la temperatura. Cuando el procesador o la gráfica se calientan más de la cuenta, el propio hardware reduce su frecuencia automáticamente para no quemarse. Esto se conoce como «throttling» o estrangulamiento térmico, y provoca bajones de rendimiento muy evidentes.
Si notas que tu PC se pone muy ruidoso, el portátil quema por la parte inferior o los juegos empiezan fluidos y luego se ralentizan, probablemente haya un problema de calor. Toca revisar el interior.
Apaga el equipo, desconéctalo de la corriente y, en el caso de un sobremesa, abre la carcasa lateral para acceder a los ventiladores y disipadores. Usa aire comprimido para expulsar el polvo de las rejillas, el ventilador de la CPU, la fuente de alimentación y, si tienes, la tarjeta gráfica.
En portátiles la cosa es algo más delicada, porque a menudo hay que retirar la tapa inferior para llegar al sistema de refrigeración. Si no te ves cómodo abriéndolo, mejor llevarlo a un servicio técnico para que limpien los ventiladores e incluso cambien la pasta térmica si el equipo ya tiene años.
Una buena limpieza, acompañada de mejoras en el flujo de aire de la torre (por ejemplo, añadiendo un ventilador frontal y otro trasero), puede marcar una diferencia enorme en cómo se comporta el ordenador bajo carga.
Vuelve a dejar Windows como recién instalado
Si después de aplicar todas estas optimizaciones sigues notando el sistema perezoso, puede que te toque plantearte una reinstalación limpia de Windows. Con el tiempo, la instalación original se llena de restos de programas, configuraciones viejas y pequeños fallos que a veces solo se arreglan empezando de cero.
En Windows 11 (y también en Windows 10) tienes una opción integrada para hacer esto sin necesidad de descargarte nada raro. Ve a Configuración > Sistema > Recuperación y pulsa en Restablecer este PC.
Se abrirá un asistente que te ofrece dos caminos: mantener tus archivos personales o quitarlo todo. Si el ordenador va especialmente mal, suele ser más eficaz elegir «Quitar todo» para que se eliminen también programas y configuraciones heredadas.
Eso sí, antes de lanzarte asegúrate de hacer copia de seguridad de tus documentos importantes, fotos, vídeos y proyectos de trabajo. Puedes usar un disco externo, la nube o ambos, pero no empieces sin tener claro que no vas a perder nada esencial.
Si quieres ir todavía más allá, siempre puedes crear un USB de instalación con la herramienta oficial de Microsoft, arrancar desde ahí y formatear la unidad para hacer una instalación completamente limpia. Es un proceso algo más largo, pero deja el sistema realmente «como nuevo». Si acabas optando por renovar componentes o el equipo, esta guía para mejorar el rendimiento de un PC te será útil después de la instalación.
Actualiza el hardware: SSD, RAM y compañía
Hay ocasiones en las que, por mucho que optimices Windows, el cuello de botella está en el propio hardware. Si tu ordenador tiene ya unos años, es posible que cuente con un disco duro mecánico antiguo o con muy poca memoria RAM, y ahí las mejoras de software se quedan cortas.
Cambiar de HDD a SSD: la mejora más bestia
Pasar de un disco duro mecánico (HDD) a una unidad de estado sólido (SSD) es, sin exagerar, la actualización que más transforma la sensación de velocidad de un ordenador. El sistema arranca en pocos segundos, los programas se abren casi al instante y todo se siente mucho más ágil.
Existen dos grandes tipos de SSD habituales: los SATA de 2,5 pulgadas, que se conectan igual que un disco duro convencional y ofrecen velocidades de unos 500 MB/s, y los NVMe M.2, que van pinchados en la placa base y pueden alcanzar varios miles de MB/s si tu equipo los soporta.
Incluso en equipos viejos, sustituir el HDD por un SSD SATA les da literalmente una segunda vida. Muchos ordenadores que parecían para tirar pasan a funcionar de maravilla con esta simple mejora, que suele ser más barata que comprar un PC nuevo.
Ampliar la memoria RAM
La RAM es el lugar donde el sistema y las aplicaciones cargan los datos que están utilizando en ese momento. Si se queda corta, Windows empieza a usar el disco como apoyo, lo que provoca tirones y parones constantes.
Hoy en día, para un uso básico con Windows 10/11 (navegar, ofimática, vídeo, redes sociales) se considera que 8 GB de RAM es el mínimo razonable. Para multitarea intensa, muchos documentos y decenas de pestañas de navegador abiertas, 16 GB ofrecen una experiencia muchísimo más cómoda.
Si tu equipo solo tiene 4 GB, plantéate seriamente ampliar hasta al menos 8 GB. Puedes comprobar cuánta memoria tienes y cuánta estás usando desde el Administrador de tareas, pestaña Rendimiento, sección Memoria. Si el uso está casi siempre al límite, añadir más te vendrá de lujo.
En portátiles la RAM suele ser de tipo SO-DIMM (DDR4 o DDR5 según generación), mientras que en sobremesas se usan módulos DIMM convencionales. Antes de comprar nada, revisa cuántos zócalos libres tienes y qué tipo y velocidad de memoria admite tu placa base. Si no lo ves claro, es buena idea pedir ayuda en un servicio técnico o tienda de confianza. Para saber cuándo es mejor cambiar de equipo o componente, consulta además cómo identificar cuellos de botella.
Otros componentes y cuándo merece la pena cambiar de equipo
Si usas el ordenador para jugar o para edición de vídeo y 3D, la tarjeta gráfica también puede ser un factor clave en el rendimiento. Cambiar a un modelo más moderno y eficiente se nota una barbaridad en esos casos, aunque hablamos ya de una inversión más seria.
Aun así, si tu ordenador tiene más de diez años y en su momento era un modelo muy básico, puede que ni siquiera una combinación de SSD y RAM lo ponga a la altura de las necesidades actuales. En ese punto merece la pena hacer números y valorar si no te compensa más ahorrar para un equipo nuevo con una base moderna. Si tu objetivo es montar un equipo para jugar sin gastar demasiado, esta guía para elegir un PC gaming barato te puede orientar.
Ajustes avanzados y BIOS/UEFI
En algunos casos concretos se pueden arañar unos segundos extra de respuesta tocando ciertas opciones de la BIOS o UEFI del equipo. Hablamos de configuraciones como el modo de arranque rápido, la gestión de energía del procesador o parámetros de la memoria.
Para entrar en la BIOS/UEFI suele ser necesario pulsar una tecla específica (Supr, F2, F10, etc.) nada más encender el PC. Lo normal es que aparezca un mensaje breve en la pantalla inicial indicándolo, aunque en portátiles modernos pasa tan rápido que hay que estar atento.
Dentro de ese menú, algunos fabricantes ofrecen perfiles de rendimiento o modos optimizados para el sistema. Activarlos suele ser seguro, pero no conviene cambiar parámetros avanzados que no entiendas, porque puedes provocar inestabilidad o incluso impedir que el equipo arranque.
Si no estás familiarizado con estos ajustes, lo más prudente es limitarte a lo que ofrece Windows a nivel de energía y rendimiento y dejar la BIOS en manos de un técnico o de alguien con experiencia.
Con todas estas medidas, desde los hábitos básicos hasta el ajuste de memoria, la limpieza a fondo, la optimización de Windows y las posibles mejoras de hardware, es totalmente posible que un ordenador que parecía moribundo vuelva a funcionar con soltura para trabajar, estudiar o jugar de forma razonable; y si aun así se queda corto, al menos tendrás claro qué piezas debes mejorar o si ha llegado el momento de dar el salto a un equipo nuevo.
Tabla de Contenidos
- Hábitos básicos para que tu PC no se arrastre
- Desinstala programas y aplicaciones que no usas
- Mantén el Escritorio lo más limpio posible
- Controla qué programas se inician con Windows
- Comprueba que el equipo esté libre de virus y malware
- Libera espacio en tu disco duro con herramientas seguras
- Desfragmenta el disco duro mecánico (si no es SSD)
- Configura mejor la memoria virtual de Windows
- Ajusta el plan de energía para priorizar el rendimiento
- Reduce efectos visuales y desactiva animaciones
- Silencia notificaciones y procesos poco útiles
- Actualiza Windows y los controladores del hardware
- Limita servicios y procesos en segundo plano
- Evita el sobrecalentamiento: limpia ventiladores y mejora la refrigeración
- Vuelve a dejar Windows como recién instalado
- Actualiza el hardware: SSD, RAM y compañía
- Ajustes avanzados y BIOS/UEFI