- Revisar servicios, programas de inicio y procesos en segundo plano permite detectar qué está frenando Windows y actuar donde realmente importa.
- Mantener el sistema, drivers y aplicaciones actualizados, junto con una buena limpieza de archivos y software innecesario, mejora estabilidad y velocidad.
- Ajustar efectos visuales, planes de energía, memoria virtual y uso de disco reduce el consumo de recursos y hace el sistema mucho más ágil.
- Reinstalar Windows o mejorar hardware clave como SSD y RAM es la última carta cuando las optimizaciones de software ya no son suficientes.

Si tu ordenador con Windows tarda una eternidad en arrancar, los juegos pegan tirones o las aplicaciones se abren con una calma desesperante, no estás solo. Un mal ajuste de servicios, programas y opciones internas de Windows puede estrangular el rendimiento incluso en máquinas que, sobre el papel, no son tan malas.
La buena noticia es que, antes de plantearte cambiar de PC, puedes hacer muchas cosas desde el propio sistema. Windows 10 y Windows 11 incluyen herramientas muy potentes como PC Manager en Windows 10 y 11 para analizar, limpiar y optimizar servicios y procesos, y si las combinas con algo de mantenimiento y cuatro cambios bien pensados, el equipo puede ganar mucha agilidad.
Antes de tocar nada: evaluar el estado real del sistema
Antes de empezar a desactivar servicios o borrar programas a lo loco, conviene saber qué está pasando. Analizar el rendimiento actual te evita “optimizar” a ciegas y romper algo importante.
Para ello, Windows incluye el Monitor de rendimiento y el Monitor de recursos, además del clásico Administrador de tareas. En Windows 10 y 11 puedes abrir Ejecutar con Windows + R, escribir perfmon y acceder a un informe detallado del estado del sistema: uso de CPU, memoria, disco, red y procesos que más cargan el equipo.
Otro paso muy recomendable es crear un punto de restauración del sistema antes de hacer cualquier cambio serio. Desde Panel de control > Sistema > Configuración avanzada del sistema > Protección del sistema podrás activar la protección, crear un punto manual y tener un salvavidas al que volver si algo sale mal.
Con estos datos en la mano ya podrás decidir dónde actuar: si la CPU va al 100 %, si el disco está saturado o si la RAM se queda corta. Así afinarás mucho más las optimizaciones y evitarás meterte donde no hace falta.
Actualizar Windows, drivers y aplicaciones: la base del buen rendimiento
A mucha gente le da pereza, pero llevar Windows, los controladores y los programas al día es uno de los pilares para que el PC vaya fino. Parchea errores, mejora la estabilidad y, en muchos casos, aumenta el rendimiento.
En Windows 10 y 11 debes ir a Configuración > Actualización y seguridad > Windows Update y pulsar en Buscar actualizaciones. Si aparecen parches, instálalos y deja que el sistema reinicie si lo pide. No te olvides de entrar también en “Actualizaciones opcionales”, donde suelen aparecer versiones nuevas de drivers de sonido, red, gráfica, etc.
Además, es importante que mantengas actualizadas las aplicaciones que más usas. Muchas se actualizan desde la Microsoft Store, pero otras (navegadores, suites creativas, clientes de juegos) tienen su propio sistema de actualización. Revisa sus menús de ayuda o configuración y asegúrate de usar la última versión estable.
En el caso de Windows 10, que ya ha dejado de recibir actualizaciones de características y pronto se quedará sin parches de seguridad gratuitos, plantearte migrar a Windows 11 o a una distribución Linux moderna puede ser clave para seguir teniendo un sistema seguro y rápido. Las herramientas de optimización ayudan, pero si el sistema base está desfasado, siempre irás con el freno echado.
Limpiar programas, archivos y servicios que sobran
Con el paso del tiempo, el ordenador se llena de cosas que no necesitas: aplicaciones que ya no usas, bloatware del fabricante, archivos temporales y datos de descarga olvidados. Todo esto ocupa espacio e, incluso, consume recursos en segundo plano.
Desinstalar programas y apps preinstaladas es un primer paso casi obligado. En Windows 10/11 ve a Configuración > Aplicaciones > Aplicaciones instaladas y borra lo que no uses. Si quieres ver el listado clásico, abre el Panel de control y entra en Programas y características. Ahí verás suites de prueba, utilidades del fabricante y software que quizá llevabas meses sin tocar.
También viene bien deshacerte de las aplicaciones preinstaladas de Windows que no aportan nada en tu día a día (juegos, apps de noticias, etc.). Desde la sección de Aplicaciones y características puedes desinstalar la mayoría de ellas con un par de clics.
En el apartado de archivos, no subestimes el efecto de un disco duro lleno. Windows rinde bastante peor cuando el disco está casi al límite, porque le cuesta gestionar el archivo de paginación y los temporales. Empieza haciendo limpieza de la carpeta de Descargas, documentos antiguos, vídeos que ya no necesitas y todo lo que puedas pasar a un disco externo o a la nube.
Para ir más a fondo, Windows incluye herramientas como Liberador de espacio en disco y las Recomendaciones de limpieza en Configuración > Sistema > Almacenamiento, donde puedes borrar archivos temporales, limpiar la papelera y vaciar cachés de forma relativamente segura.
Eliminar programas de inicio y controlar lo que corre en segundo plano
Una de las mayores fuentes de lentitud al encender el PC es la cantidad de programas que se lanzan automáticamente al inicio. Muchos instaladores marcan esa opción por defecto y, si no la tocas, acabas con media docena de aplicaciones chupando RAM desde el minuto uno.
Para ver y desactivar estos arranques automáticos, abre el Administrador de tareas (Ctrl + Shift + Esc o Ctrl + Alt + Supr > Administrador de tareas) y entra en la pestaña Inicio o Aplicaciones de inicio según tu versión. Fíjate en la columna de “Impacto de inicio” y deshabilita todo lo que no sea crítico: clientes de descarga, lanzadores de juegos, aplicaciones de música, nubes secundarias, etc.
En Windows 11 también puedes gestionar esto desde Configuración > Aplicaciones > Inicio, donde verás un listado con un conmutador para cada programa y una indicación del impacto que tiene en el arranque.
Además de los programas de inicio, muchas apps se quedan en segundo plano aunque no las estés usando. Desde Configuración > Aplicaciones, entrando en las Opciones avanzadas de cada app, puedes elegir si se permite o no que se ejecute en segundo plano. Desactivar ese permiso en aplicaciones prescindibles libera recursos y reduce el ruido.
En equipos muy justos, puedes dar un paso más y hacer un arranque limpio con msconfig: ocultas los servicios de Microsoft, deshabilitas el resto y desactivas todos los elementos de inicio en el Administrador de tareas. Así arrancas solo con lo imprescindible y puedes comprobar cuánto se nota el cambio.
Optimizar servicios de Windows sin cargar el sistema
Los servicios de Windows son como pequeñas piezas que dan soporte al sistema y a las aplicaciones. Si desactivas servicios al tuntún puedes dejar de recibir actualizaciones, romper la impresión o desactivar el antivirus, así que aquí hay que ir con muchísimo cuidado.
Para revisarlos, pulsa Windows + R, escribe services.msc y acepta. Verás un listado enorme, pero la regla de oro es clara: no desactives servicios de seguridad (antivirus, firewall), actualizaciones críticas, servicios de red o controladores de hardware. Tampoco toques nada de tu GPU si juegas o usas aplicaciones gráficas exigentes.
Lo que sí puedes plantearte es detener o poner en “Inicio manual” servicios muy específicos que sepas que no usas: fax, impresión si no tienes impresora, servicios de tablet, telemetría avanzada o ciertas funciones de compartición. De todos modos, cada cambio que hagas conviene probarlo un rato y, si algo falla, devolver ese servicio a su estado original.
Si tu objetivo principal es jugar, hay otra estrategia más segura: usar el modo Juego de Windows 10/11. Esta función reduce la actividad en segundo plano, silencia ciertas notificaciones de Windows Update y da prioridad de CPU y GPU al juego, todo sin que tengas que ir servicio por servicio con el bisturí.
Seguridad y malware: cuando el problema es un virus… o el propio antivirus
Un equipo que antes iba bien y de repente se vuelve perezoso puede esconder un problema de seguridad. Un solo malware descargando cosas, minando criptomonedas o espiando en silencio basta para comerse tus recursos.
De serie, Windows 10 y 11 traen Windows Defender, que para la mayoría de usuarios es más que suficiente. Puedes lanzar un análisis completo desde la app de Seguridad de Windows y, si quieres reforzar aún más la búsqueda, ejecutar la herramienta integrada MSRT escribiendo MRT en el cuadro Ejecutar.
Si prefieres un antivirus de terceros, busca uno que no sea un devorador de RAM y CPU. Hay soluciones como Kaspersky, ESET, F‑Secure, Sophos o Bitdefender que ofrecen buena protección sin machacar el rendimiento. Evita suites demasiado pesadas si tu equipo es modesto, porque el remedio puede ser peor que la enfermedad.
Un complemento muy recomendable es instalar un antimalware específico, como Malwarebytes. Con un análisis puntual puedes detectar adware, barras de herramientas, mineros y otros bichos que a veces pasan más desapercibidos. Una vez limpia la máquina, deja solo una solución residente (Defender u otra) para no duplicar consumo.
Y como consejo general de futuro, recuerda que el software pirata no es gratis: lo pagas en rendimiento, estabilidad y riesgo de infección. Siempre es mejor tirar de versiones gratuitas legales o alternativas open source que jugártela con instaladores modificados.
Efectos visuales, notificaciones y escritorio: menos florituras, más rapidez
Windows viene cargado de animaciones, transparencias y detallitos visuales que quedan muy bonitos, pero todos ellos exigen trabajo extra a la gráfica y a la CPU. En un equipo moderno apenas se nota, pero en uno más veterano la diferencia puede ser bastante clara.
La forma más directa de recortar estos adornos es ir a Configuración avanzada del sistema > Rendimiento > Configuración y marcar la opción “Ajustar para obtener el mejor rendimiento”. Esto desactiva casi todas las animaciones y efectos, haciendo que las ventanas se abran y cierren de forma brusca, pero con una reactividad mucho mayor.
Si quieres algo más equilibrado, puedes ir a esa misma ventana y personalizar qué efectos mantienes: por ejemplo, conservar las fuentes suavizadas y algunos elementos básicos, pero quitar sombras, desvanecimientos y animaciones poco útiles.
En Windows 10/11 también merece la pena apagar las transparencias del menú Inicio, barra de tareas y centro de actividades. Lo haces en Configuración > Personalización > Colores, desmarcando el efecto de transparencia y eligiendo un color sólido. Es un pequeño extra de rendimiento y, además, a veces mejora la legibilidad.
Otro clásico: el escritorio lleno de iconos y archivos sueltos. Cada elemento tiene que dibujarse al iniciar sesión, y si tienes cientos de ellos, el escritorio se convierte en un lastre. Mueve todo a carpetas de Documentos y deja en el escritorio solo lo imprescindible, o una carpeta que actúe como “cajón de sastre” temporal.
Planes de energía, memoria virtual y ReadyBoost
La gestión de energía influye bastante en cómo responde el sistema. En portátiles, el plan por defecto suele ser “Equilibrado”, que recorta algo de rendimiento para estirar la batería. Si quieres más músculo, abre Panel de control > Opciones de energía y selecciona Alto rendimiento o, en versiones más nuevas, ajusta el deslizador de rendimiento de Windows hacia el máximo.
Debes tener en cuenta que cuanto más rendimiento pides, más rápido se vacía la batería y más calor generan los componentes. Si el portátil se calienta demasiado, el propio sistema reducirá la frecuencia del procesador para protegerse, así que quizá te interese usar un soporte con ventiladores o limpiar los conductos de aire y ventiladores de vez en cuando.
En cuanto a la memoria virtual, lo habitual y recomendable es dejar que Windows la gestione automáticamente. Aun así, conviene comprobar en Opciones de rendimiento > Avanzado > Memoria virtual que la casilla “Administrar automáticamente el tamaño del archivo de paginación” está activada. De lo contrario, podrías estar limitado por un tamaño demasiado pequeño.
Si tu equipo tiene muy poca RAM y un disco duro mecánico, puedes jugar con ReadyBoost: conectas una memoria USB rápida, entras en sus propiedades y habilitas ReadyBoost para que se use como caché adicional. No hace milagros y no aporta nada en SSD, pero en algunos HDD antiguos ayuda a aliviar las cargas.
Por último, no pierdas de vista la temperatura. Una torre llena de polvo o un portátil que se calienta como una estufa hacen que el sistema baje frecuencias y vaya lento. De vez en cuando, apaga, desenchufa y usa aire comprimido para limpiar rejillas, ventiladores y disipadores.
Disco duro, SSD y desfragmentación: dónde se gana velocidad de verdad
Si sigues usando un disco duro mecánico, ahí tienes uno de los mayores cuellos de botella. Pasar el sistema a un SSD es, con diferencia, la mejora de rendimiento más brutal que puedes hacer sin cambiar todo el ordenador.
Con un SSD notarás que Windows arranca en pocos segundos, las aplicaciones se abren casi al instante y los juegos cargan mucho más rápido. Además, al no tener partes mecánicas, son más silenciosos y resistentes a golpes y vibraciones.
Si no quieres o no puedes cambiar de hardware por ahora, al menos deberías desfragmentar el HDD de vez en cuando. En el buscador de Windows escribe “Desfragmentar y optimizar unidades”, abre la herramienta, selecciona el disco mecánico y pulsa en Optimizar. No lo hagas en SSD, porque ahí no aporta nada e incluso puede acortar su vida útil.
Otra utilidad interesante es usar programas tipo WinDirStat para ver gráficamente qué carpetas ocupan más espacio. A veces descubres aplicaciones que han generado decenas o cientos de gigas de temporales, o backups antiguos que ya no necesitas. Limpiarlos no solo libera espacio, también facilita el trabajo de Windows.
Si tras pasar por todo esto tu PC sigue arrastrándose y ya tienes un SSD instalado, quizá haya llegado el momento de plantearse ampliar RAM, cambiar procesador o, directamente, dar el salto a un equipo nuevo. El software ayuda, pero el hardware tiene un límite.
Herramientas de terceros para afinar Windows con cuidado
Además de las herramientas integradas, existe una buena colección de utilidades de terceros pensadas para optimizar servicios y configuraciones de Windows sin que tengas que meterte en el registro o en services.msc a mano.
Una opción interesante es Optimizer, un proyecto de código abierto disponible en GitHub. Con una sola interfaz puedes desactivar telemetría, ciertos servicios innecesarios, Cortana, algunas funciones de Windows Update, eliminar bloatware, optimizar la red o activar un modo de juego más agresivo. Al ser open source, otros desarrolladores pueden revisar lo que hace, lo que aporta algo de tranquilidad.
Clásicos como CCleaner también permiten limpiar temporales, revisar programas de inicio y hacer algún ajuste sencillo, aunque a lo largo de su historia han tenido polémicas, así que conviene instalar solo lo necesario y desactivar funciones invasivas. Si no te convence, hay alternativas como Clean Master o herramientas integradas en algunos antivirus que cumplen funciones parecidas.
Sea cual sea la aplicación que uses, la norma es la misma: no pulses todos los botones sin leer qué hacen. Dedica unos minutos a revisar cada opción, aplica cambios poco a poco y crea, siempre que puedas, un punto de restauración antes de las modificaciones más agresivas.
En equipos antiguos o con recursos muy limitados, también existen versiones “Lite” de Windows pensadas para consumir menos recursos. Requieren algo más de experiencia para instalarlas y ajustarlas, pero pueden devolver a la vida ordenadores que con una instalación estándar van ahogados.
Cuando nada funciona: restablecer, formatear o cambiar de sistema
Si después de limpiar, optimizar servicios, revisar malware y ajustar efectos el PC sigue funcionando como un tractor, quizá haya un problema más profundo: instalación de Windows muy dañada, drivers peleados entre sí o simplemente hardware que ha llegado a su límite.
En ese punto, un paso drástico pero muy efectivo es restablecer el PC o reinstalar Windows desde cero. Desde Configuración > Recuperación en Windows 10/11 tienes la opción de restablecer el equipo, eligiendo si quieres conservar archivos personales o borrar todo. Lo realmente limpio es eliminarlo todo y reinstalar aplicaciones solo cuando las vayas necesitando.
Antes de darle al botón, acuérdate de hacer copia de seguridad de documentos, fotos, proyectos y cualquier cosa que no quieras perder, ya sea en un disco externo o en la nube. Una vez el sistema esté limpio, instala los drivers básicos desde la web del fabricante, aplica actualizaciones de Windows y comprueba cómo se comporta el equipo “virgen”.
Si tras una reinstalación limpia y todas las optimizaciones el rendimiento sigue siendo pobre, lo normal es que el cuello de botella esté en el hardware. En sobremesa, cambiar a un SSD, ampliar RAM o montar una gráfica decente suele ser suficiente para alargar unos años la vida útil. En portátiles, a veces solo puedes cambiar disco y memoria; si ni con eso se salva, probablemente toque jubilarlo.
Para quien no quiera seguir atado a Windows en equipos viejos, probar una distribución Linux ligera como Linux Mint o Zorin OS es una alternativa muy interesante. El consumo de recursos es menor, las actualizaciones de seguridad se mantienen y el rendimiento en tareas básicas (navegar, ofimática, multimedia) suele ser muy superior al de un Windows pesado en la misma máquina.
Como ves, hay mucho margen para apretar las tuercas de Windows antes de dar por perdido tu PC. Revisar servicios y programas de inicio, limpiar basura, vigilar el malware, ajustar efectos visuales, cuidar la energía y, si hace falta, dar el salto a un SSD o incluso a otro sistema operativo son pasos que, combinados, pueden transformar un ordenador desesperantemente lento en una máquina mucho más llevadera para trabajar, estudiar o jugar cada día.
Tabla de Contenidos
- Antes de tocar nada: evaluar el estado real del sistema
- Actualizar Windows, drivers y aplicaciones: la base del buen rendimiento
- Limpiar programas, archivos y servicios que sobran
- Eliminar programas de inicio y controlar lo que corre en segundo plano
- Optimizar servicios de Windows sin cargar el sistema
- Seguridad y malware: cuando el problema es un virus… o el propio antivirus
- Efectos visuales, notificaciones y escritorio: menos florituras, más rapidez
- Planes de energía, memoria virtual y ReadyBoost
- Disco duro, SSD y desfragmentación: dónde se gana velocidad de verdad
- Herramientas de terceros para afinar Windows con cuidado
- Cuando nada funciona: restablecer, formatear o cambiar de sistema