- Windows 8.1 se impone como la versión más equilibrada en arranque, consumo de RAM y multitarea frente al resto de sistemas probados.
- Windows 11 muestra un consumo muy alto de recursos y queda último en muchas pruebas en hardware modesto, pese a ser el sistema más reciente.
- La comparativa revela que las versiones modernas de Windows dependen en exceso de hardware potente y SSD, con una clara pérdida de optimización.
- Expertos como Dave W. Plummer reclaman para Windows 11 un enfoque tipo “XP SP2”, centrado en estabilidad y rendimiento antes que en nuevas funciones.

Cuando Microsoft anunció que Windows 10 tenía fecha de caducidad, a muchos usuarios se les heló la sangre. No todo el mundo estaba dispuesto a dar el salto a Windows 11, y la idea de quedarse con un sistema sin parches de seguridad sonaba, como poco, arriesgada. Sí, hay quien puede seguir tirando con ediciones especiales como Windows 10 LTSC o versiones con soporte extendido, pero para la mayoría la alternativa era clara: o cambiar de sistema operativo, o pasar por el aro de Windows 11.
El problema es que lo nuevo no siempre es sinónimo de mejor. De hecho, cada vez más pruebas independientes apuntan a que Windows 11 no termina de brillar ni en rendimiento ni en eficiencia, sobre todo en equipos que ya tienen unos años a sus espaldas. Un experimento muy curioso, realizado por el canal de YouTube TrigrZolt, se ha propuesto medir cara a cara el comportamiento de seis generaciones de Windows, desde Windows XP hasta Windows 11, para comprobar qué versión se mueve con más soltura y cómo ha evolucionado realmente el sistema operativo en los últimos 20 años.
Un experimento con seis generaciones de Windows en igualdad de condiciones

Para que la prueba fuera lo más justa posible, el creador del test decidió eliminar todas las variables que pudieran distorsionar el resultado. En lugar de instalar cada sistema operativo en un PC distinto, utilizó seis portátiles idénticos: unos veteranos Lenovo ThinkPad X220, un clásico de la era Sandy Bridge.
Cada uno de estos portátiles montaba el mismo hardware: procesador Intel Core i5-2520M de doble núcleo, 8 GB de memoria RAM, gráficos integrados Intel HD 3000 y un disco duro mecánico de 256 GB. Nada de SSD, ni NVMe, ni componentes modernos que puedan maquillar la realidad. El objetivo era asegurar la compatibilidad con Windows XP y a la vez poner contra las cuerdas a los Windows más recientes, que están claramente diseñados pensando en unidades SSD rápidas y en cómo clonar Windows al nuevo SSD.
En estos equipos se instalaron, cada uno por separado y con sus últimas actualizaciones disponibles, los siguientes sistemas:
- Windows XP
- Windows Vista
- Windows 7
- Windows 8.1
- Windows 10
- Windows 11
La premisa del experimento no era coronar al sistema más moderno, sino descubrir qué versión de Windows ofrece el mejor equilibrio entre rendimiento, consumo de recursos y agilidad en un hardware realista, aunque ya anticuado. Y, como verás, el resultado es bastante incómodo para el sistema operativo actual de Microsoft.
Importa también el matiz de que Windows 11 ni siquiera está oficialmente soportado en una máquina con ese procesador y ese chipset, lo que ya anticipa cierta desventaja. Aun así, el test resulta muy ilustrativo para entender hasta qué punto las versiones recientes de Windows dependen de la potencia bruta del hardware y de los SSD para dar una experiencia mínimamente fluida.
Tiempo de arranque: Windows 8.1 da un golpe sobre la mesa
La primera ronda de pruebas se centró en medir la velocidad de inicio del sistema, es decir, cuánto tarda cada Windows en arrancar desde cero hasta que el escritorio está listo para usarse (no solo visible, sino realmente operativo).
Contra todo pronóstico, el ganador absoluto fue Windows 8.1. Gracias al famoso arranque híbrido o “inicio rápido”, este sistema es capaz de volcar el contenido de la RAM al disco al apagar y reutilizarlo después, de forma que la siguiente puesta en marcha es bastante más ágil. Entre todos los sistemas capaces de aprovechar esta técnica, Windows 8.1 es el que tiene menos “peso” que cargar, y eso se nota en estos ThinkPad con disco mecánico, y existen guías para acelerar el arranque.
Por detrás, el segundo puesto en arranque se lo disputan Windows 10 y Windows XP, que quedan bastante igualados en esta prueba concreta. Curiosamente, Windows 7 y Windows Vista, que no disfrutan de un arranque tan optimizado, tardan algo más, pero mantienen un comportamiento razonable para la época a la que pertenecen.
La gran sorpresa, para mal, es Windows 11, que se sitúa en el último lugar. Aunque aparentemente llega al escritorio en un tiempo aceptable, el problema es que tarda bastante en cargar por completo la barra de tareas, los iconos y los procesos de fondo. Es ese típico efecto de “parece que ha arrancado, pero si intentas abrir algo, el equipo aún está pensando”. En comparación, da la sensación de que va con plomo en los pies.
Espacio en disco: de la ligereza de XP al derroche moderno
El siguiente aspecto que se evaluó fue el espacio de almacenamiento ocupado por el sistema operativo y las aplicaciones base utilizadas en las pruebas. Aquí no hay sorpresas con el más veterano: Windows XP sigue siendo el rey de la ligereza.
Con todo instalado y actualizado, Windows XP apenas ocupa alrededor de 18,9 GB del disco duro. Es una cifra ridícula si la comparamos con los requisitos actuales, pero refleja bien cómo se diseñaba el software a principios de los 2000, con recursos muy limitados y un enfoque mucho más austero en cuanto a servicios y componentes de fondo.
Al otro extremo del espectro se sitúa Windows 7, que fue el sistema que más espacio de disco consumió entre todos los probados, superando incluso a Vista en esta comparativa concreta. Windows Vista, Windows 8.1 y Windows 10 se mueven en una franja intermedia, con valores cercanos a los 37 GB para el paquete completo de sistema y software usado en el test.
Aquí vuelve a destacar Windows 8.1, que logra ocupar menos que su “hermano mayor” Windows Vista pese a ser más reciente. Esto refuerza la idea de que, a nivel de optimización interna, 8.1 fue un producto bastante mejor pulido de lo que mucha gente recuerda, lastrado sobre todo por el rechazo a su interfaz y al cambio de paradigma del menú Inicio.
Por su parte, Windows 11 también ronda cifras elevadas de consumo de almacenamiento, similares a las de Windows 10 o ligeramente superiores, lo que refleja la acumulación de componentes, características adicionales, integración de servicios online, telemetría y demás capas que se han ido apilando con los años.
Uso de memoria RAM: XP y 8.1, los más comedidos; 11, el más tragón
Donde el contraste se vuelve especialmente visible es en el consumo de memoria RAM después del arranque, es decir, con el sistema en reposo, sin hacer prácticamente nada más allá de los procesos de fondo habituales.
De nuevo, el más veterano, Windows XP, se lleva la medalla de la eficiencia: el equipo apenas necesita 0,8 GB de RAM para estar completamente operativo. Esto deja una buena parte de la memoria libre para aplicaciones, incluso en una máquina con solo 8 GB como la usada en el test.
El segundo lugar en esta prueba se lo queda Windows 8.1, con un uso aproximado de 1,3 GB de RAM en reposo. No es tan ligero como XP, pero sigue siendo un consumo muy razonable para un sistema mucho más moderno, compatible con tecnologías y controladores más recientes.
Tras él aparecen Windows 7 (1,4 GB) y Windows Vista (1,5 GB), que mantienen un nivel similar, algo más alto pero aún aceptable en un escenario de 8 GB de memoria. La gran escalada llega con Windows 10, que salta hasta unos 2,3 GB, mostrando ya una filosofía de diseño que da por hecho que el usuario tendrá más RAM disponible.
El farolillo rojo vuelve a ser Windows 11, que ronda los 3,3 GB de RAM solo para estar encendido. Esto significa que, en un equipo con 8 GB, casi la mitad de la memoria queda comprometida nada más arrancar el sistema, dejando poco margen para multitarea exigente, navegadores con muchas pestañas o aplicaciones creativas sin que aparezcan tirones, paginación intensiva o sensación de lentitud general.
Para llevar la memoria al límite, el experimento incorporó una prueba muy ilustrativa: abrir tantas ventanas o pestañas de navegador como fuera posible hasta alcanzar unos 5 GB de RAM ocupados. Para ello se utilizó Supermium, un navegador elegido por su amplia compatibilidad con versiones antiguas de Windows.
El comportamiento de Windows XP aquí fue algo peculiar: solo consiguió abrir 50 pestañas antes de colapsar, probablemente por algún tipo de limitación o problema con la gestión de la memoria virtual o con el propio navegador en un sistema tan veterano.
Más llamativo aún fue el caso de Windows 11, que se quedó en apenas 49 ventanas antes de que el sistema se viniera abajo. Es decir, el sistema operativo más moderno del lote no fue capaz de superar a XP en esta prueba, a pesar de contar con un gestor de memoria mucho más avanzado en teoría.
El resto de versiones de Windows sí ofrecieron resultados bastante superiores a los de XP y 11, y todos ellos lograron abrir por encima del centenar de pestañas. La estrella volvió a ser Windows 8.1, que aguantó hasta 252 pestañas de navegador antes de saturar la RAM, demostrando una combinación muy equilibrada entre ligereza del sistema y gestión eficiente de la memoria.
Este test tan “de batalla” deja muy claro que la sobrecarga de procesos en segundo plano y servicios extras de Windows 11 penaliza su capacidad de multitarea real en un equipo con recursos limitados. La teoría dice que es un sistema preparado para aprovechar ordenadores modernos con muchas CPU y RAM, pero cuando bajas el listón del hardware a algo todavía muy extendido, el castillo se tambalea.
Autonomía, tareas cotidianas y benchmarks: el más nuevo no brilla
La comparativa no se quedó en arranques y pestañas del navegador. También se midieron pruebas de batería, exportación de audio y vídeo, apertura de aplicaciones básicas y varios benchmarks sintéticos para tener una foto más completa del rendimiento.
En la prueba de duración de batería la diferencia fue mínima entre versiones: Windows XP obtuvo el mejor resultado y Windows 11 quedó el último, pero la separación entre ambos fue de apenas un par de minutos. Es decir, en ese caso concreto, no se puede hablar de un desastre energético para Windows 11, aunque tampoco destaca precisamente.
En tareas de uso real como la exportación de un archivo de audio con Audacity, Windows 11 quedó en quinta posición, solo por delante de un sistema más antiguo que ni siquiera pudo completar todas las pruebas de vídeo. Cuando se trató de exportar un archivo de vídeo, el que mejor resultado obtuvo fue Windows 10, lo que encaja con el enfoque de Microsoft para esa generación, bastante afinada en rendimiento general.
Peor parado salió de las pruebas centradas en la apertura de aplicaciones básicas como el explorador de archivos, la calculadora, el reproductor de vídeo o incluso MS Paint. En prácticamente todas estas tareas cotidianas, Windows 11 quedó último o penúltimo, e incluso fue superado por versiones con fama de poco optimizadas como Windows Vista.
En el terreno de los benchmarks sintéticos, los resultados fueron bastante variados según el test elegido. En CPU-Z en modo monohilo, sorprendentemente, Windows XP se llevó el gato al agua, lo que da una idea de lo bien que puede lucir un software más ligero cuando se mide el rendimiento bruto de la CPU sin tanta carga adicional.
En la prueba multinúcleo de CPU-Z, el ganador fue Windows 7, mientras que en Geekbench la mejor puntuación la obtuvo Windows Vista. Si nos centramos en el rendimiento del disco con CrystalDiskMark, Windows XP volvió a salir en cabeza, y en el apartado de renderizado con Cinebench quien dominó fue Windows 8.1. Una vez más, se ve cómo este último sistema combina buenas optimizaciones internas con una carga razonable de servicios.
La victoria de Windows 8.1… y el papelón de Windows 11
Poniendo todas las pruebas en la balanza, el youtuber responsable del experimento extrae una conclusión bastante clara: la versión más equilibrada y rápida en este escenario es Windows 8.1. Se impone en tiempo de arranque, destaca en consumo de RAM, ofrece una excelente capacidad multitarea en el navegador y rinde muy bien en varios benchmarks.
Lo más irónico es que Windows 8.1 fue duramente criticado en su día por el menú Inicio estilo “Metro” y los cambios de interfaz, hasta el punto de que muchos usuarios hicieron lo posible por evitarlo. Sin embargo, desde el punto de vista puramente técnico, fue una de las ediciones de Windows mejor afinadas de la era moderna, algo que este tipo de pruebas vuelve a sacar a la luz.
Al otro lado del ranking se sitúa claramente Windows 11, que acumula últimos puestos en multitud de categorías: arranque, consumo de RAM, multitarea en navegador, apertura de aplicaciones sencillas y varias pruebas de rendimiento reales. Incluso en benchmarks como CPU-Z en monohilo, queda por detrás de todos sus predecesores cuando se ejecuta en este hardware.
Eso sí, el propio autor del test insiste en que no se trata de un experimento de laboratorio perfecto ni de un estudio científico al milímetro. Hay variables difíciles de controlar, y el hecho de que Windows 11 no esté pensado para un Core i5 de segunda generación con HDD es una desventaja evidente. Aún así, los resultados son lo suficientemente consistentes como para lanzar un mensaje: el software moderno se apoya demasiado en la fuerza bruta del hardware y ha perdido buena parte de la obsesión por la optimización.
El propio vídeo original, disponible en YouTube, muestra al detalle cada una de las pruebas y confirma esa sensación de que, en un equipo modesto, Windows 11 se siente torpe, pesado y algo desproporcionado frente a versiones que, sobre el papel, deberían estar muy por detrás.
Lo que esta comparativa nos cuenta sobre la evolución de Windows
Más allá del pique entre versiones, la comparativa deja un mensaje de fondo que va mucho más allá de un simple “Windows 8.1 va más rápido que Windows 11”. En palabras del propio creador del experimento, las versiones modernas de Windows ya no se diseñan pensando en exprimir hasta el último recurso, sino bajo la suposición de que el usuario tendrá más RAM, más núcleos, más almacenamiento y un SSD rápido.
Este enfoque tiene una consecuencia clara: cuando el hardware se queda por detrás del ideal que tiene Microsoft en mente, la experiencia empeora de forma dramática. Y el caso del ThinkPad X220 no es ni mucho menos un escenario extremo: equipos similares, con 8 GB de RAM y disco duro mecánico o SSD modesto, siguen siendo muy habituales en hogares y oficinas.
A esto se suma el hecho de que Windows 11 es particularmente exigente con la memoria. Pese a que los requisitos oficiales del sistema hablan de un mínimo de 4 GB de RAM, lo cierto es que la propia prueba demuestra que ni siquiera 8 GB resultan cómodos cuando el sistema ya se come más de 3 GB en reposo, y opciones como configurar la memoria virtual pueden ayudar.
El experimento también pone de relieve la paradoja de que la abundancia de recursos ha reducido la presión por optimizar el código. Hace años, cuando un PC típico tenía 2 GB de RAM o menos, los desarrolladores estaban obligados a medir cada servicio y cada proceso. Ahora, con máquinas de 16 o 32 GB generalizadas en gamas medias y altas, es más fácil “tirar de fuerza bruta” y confiar en que el hardware compense la falta de pulido, y por eso es importante optimizar el rendimiento de Windows.
Por último, la reivindicación de Windows 8.1 como uno de los sistemas mejor optimizados de la historia reciente es un toque de atención interesante. La comunidad se cebó con él por decisiones de diseño y cambios de interfaz, pero a nivel de rendimiento y eficiencia fue un producto mucho más redondo de lo que se reconoció en su momento.
La llamada a un “momento XP SP2” para Windows 11
Esta sensación de que Windows 11 necesita una cura de humildad no solo viene de youtubers y comparativas caseras. También figuras históricas de Microsoft han levantado la voz. Un caso muy llamativo es el de Dave W. Plummer, antiguo ingeniero de la compañía y conocido, entre otras cosas, por ser uno de los padres del Administrador de tareas de Windows.
Plummer ha pedido abiertamente que Microsoft viva de nuevo algo parecido al “momento Windows XP Service Pack 2”. Para entender la comparación, hay que recordar que Windows XP llegó al mercado con graves problemas de seguridad, y los primeros años estuvieron marcados por gusanos como Blaster, que dejaron en evidencia la fragilidad del sistema.
En aquel momento, la respuesta de Microsoft fue radical: detener el desarrollo de nuevas características y centrarse únicamente en corregir fallos y reforzar la seguridad. Durante meses, el equipo dejó de “añadir valor” con funciones vistosas y se dedicó exclusivamente a arreglar lo que llevaba tiempo roto pero se había ido posponiendo. El resultado fue Windows XP SP2, una actualización que cambió por completo la percepción del sistema.
Plummer argumenta que Windows 11 necesita algo muy parecido: frenar la carrera por integrar más capas de inteligencia artificial, nuevos paneles, widgets y funciones llamativas y concentrarse en lo básico: rendimiento estable, consumo razonable de recursos, menos procesos innecesarios en segundo plano y una experiencia más fluida en el día a día, y donde proceda, quitar las funciones de IA.
La propia Microsoft es consciente de que hay margen de mejora. Pavan Davuluri, máximo responsable actual de Windows, ha reconocido recientemente que la compañía debe mejorar la fiabilidad, el rendimiento y la usabilidad del sistema tras escuchar muchas quejas de los usuarios. El mensaje oficial empieza a alinearse con lo que la comunidad lleva tiempo pidiendo.
Mientras tanto, algunas de las soluciones que se han propuesto desde Redmond no han gustado nada a los expertos. Un ejemplo reciente es el intento de acelerar el Explorador de archivos precargándolo en la RAM al inicio del sistema. Voces como Steven Sinofsky (pieza clave en el desarrollo de Windows 7) o Tim Sweeney (CEO de Epic Games) han criticado con dureza este enfoque, al considerarlo un “parche” que solo sirve para consumir aún más memoria en lugar de acelerar Windows lento de verdad.
Ese tipo de decisiones refuerza la impresión de que Windows 11 se apoya en trucos para disimular su falta de ligereza en vez de acometer una limpieza profunda de procesos redundantes, telemetría excesiva y componentes que muchos usuarios ni siquiera necesitan.
En conjunto, este experimento con el ThinkPad X220 y la reflexión de veteranos como Plummer apuntan a la misma idea: ha llegado el momento de que Microsoft priorice la estabilidad, el rendimiento y el respeto por el hardware del usuario, igual que hizo con XP hace dos décadas, antes de seguir sumando capas de funciones que, sin una base sólida, solo empeoran la sensación de pesadez del sistema.
Todo este recorrido desde Windows XP hasta Windows 11, pasando por Vista, 7, 8.1 y 10, deja claro que la evolución de Windows no ha sido una línea recta hacia la mejora constante, sino una sucesión de aciertos y tropiezos donde versiones como Windows 8.1 brillan por su optimización mientras que Windows 11 evidencia los peajes de un software moderno cargado de servicios, telemetría y dependencia de hardware potente; para quien siga usando equipos modestos o tenga dudas sobre actualizar, esta clase de pruebas sirve como recordatorio de que, a la hora de la verdad, lo que más vale no es la etiqueta de “último Windows”, sino la capacidad real del sistema para aprovechar de forma inteligente cada recurso disponible.
Tabla de Contenidos
- Un experimento con seis generaciones de Windows en igualdad de condiciones
- Tiempo de arranque: Windows 8.1 da un golpe sobre la mesa
- Espacio en disco: de la ligereza de XP al derroche moderno
- Uso de memoria RAM: XP y 8.1, los más comedidos; 11, el más tragón
- Prueba extrema de pestañas en el navegador: 8.1 arrasa, 11 naufraga
- Autonomía, tareas cotidianas y benchmarks: el más nuevo no brilla
- La victoria de Windows 8.1… y el papelón de Windows 11
- Lo que esta comparativa nos cuenta sobre la evolución de Windows
- La llamada a un “momento XP SP2” para Windows 11