Intel vs AMD: la historia completa de una rivalidad legendaria

Última actualización: 10 de enero de 2026
  • Intel y AMD nacen de Fairchild y protagonizan décadas de rivalidad en la arquitectura x86, alternando liderazgo técnico y de mercado.
  • AMD ha logrado hitos como Athlon 64, los primeros multinúcleo para PC y la familia Ryzen con Zen y chiplets, apoyada en los nodos de TSMC.
  • Intel responde con Pentium, Core y arquitecturas híbridas como Alder Lake y Raptor Lake, aunque limitada por procesos de fabricación menos eficientes.
  • En la actualidad AMD domina en rendimiento por vatio en sobremesa, mientras ambas compañías se preparan para una nueva fase con IA y arquitecturas híbridas avanzadas.

Historia de Intel y AMD

La rivalidad entre Intel y AMD es uno de esos duelos tecnológicos que nunca pasan de moda. Desde hace más de cinco décadas, estos dos gigantes se han ido turnando el papel de favorito, dejando a los usuarios ante una elección que, lejos de ser trivial, marca el rendimiento y la vida útil de sus ordenadores. La historia de Intel vs AMD está llena de avances técnicos, tropiezos sonados y decisiones estratégicas que han cambiado la industria del PC.

Lejos de ser solo una batalla de cifras de MHz o de cuántos núcleos tiene cada procesador, este duelo ha estado cruzado por batallas legales, cambios de arquitectura, saltos en los procesos de fabricación y golpes de efecto que han obligado a cada empresa a reinventarse varias veces. En este recorrido vamos a repasar de forma detallada cómo empezó todo, en qué momentos AMD logró ponerse por delante, cuándo Intel recuperó el liderazgo y cómo hemos llegado a la situación actual con Ryzen 7000, Intel Core de 14ª generación y el salto hacia arquitecturas híbridas y chips pensados para la inteligencia artificial.

Los orígenes: Fairchild, los primeros microprocesadores y la arquitectura x86

Para entender la historia de Intel vs AMD hay que retroceder a la década de 1950 y 1960, cuando Fairchild Semiconductor se convirtió en la cuna de una buena parte de la industria moderna de chips. De allí salieron los fundadores tanto de Intel como de AMD, lo que hace que esta rivalidad tenga, en cierto modo, un origen familiar.

Intel fue fundada en 1968 por Bob Noyce y Gordon Moore, dos pesos pesados de Fairchild. Su irrupción fue rápida y contundente: en 1971 presentaron el Intel 4004, considerado el primer microprocesador comercial del mundo. Era un chip de 4 bits que funcionaba a unos 740 kHz, una cifra irrisoria hoy en día, pero que supuso el arranque de la era de la computación personal.

Unos años más tarde, en 1979, Intel lanzaría el i8086, un procesador de 16 bits a 10 MHz que daría lugar a la arquitectura x86. Esta arquitectura x86 es la base sobre la que se han construido los PC modernos, y sigue siendo el pilar de los procesadores de escritorio de Intel y AMD décadas después.

En sus primeros años, AMD se dedicó a fabricar chips lógicos y memorias RAM, sin diseñar aún grandes procesadores generales. No sería hasta los años 80 cuando se adentraría en el mercado de las CPU x86, primero como fabricante licenciado de diseños de Intel y más adelante como competidor directo con arquitecturas propias.

IBM, las licencias x86 y el primer gran choque entre Intel y AMD

El auténtico punto de inflexión en la relación entre ambas compañías llega a principios de los años 80, cuando IBM decide basar su famoso IBM PC en la arquitectura x86 de Intel. El procesador elegido fue el 8088, variante del 8086. Sin embargo, IBM tenía una política muy clara: no depender de un único proveedor de chips críticos.

Para cumplir con esa política, IBM presionó a Intel para que licenciara la fabricación de sus microprocesadores a terceros. AMD se convirtió así en un fabricante licenciado de procesadores 8086 y 8088, y el acuerdo se extendió más tarde a la familia 286. Este movimiento permitió a AMD entrar de lleno en el ecosistema x86 como segundo proveedor, lo que aseguraba a IBM un suministro más estable y opciones de negociación.

La convivencia, sin embargo, no duró mucho en paz. Cuando apareció el 386, Intel cambió de idea y se negó a compartir especificaciones completas del chip con AMD, rompiendo en la práctica la continuidad del acuerdo. Comenzaron entonces años de pleitos cruzados por patentes y licencias, en los que AMD defendía su derecho a seguir fabricando procesadores x86 compatibles y a usar determinadas denominaciones.

Durante un tiempo, AMD fabricó clones de procesadores Intel como los 8086, 80286, 386 y 486, usando incluso nomenclaturas similares. Intel trató de frenar esto por la vía legal alegando derechos sobre las denominaciones numéricas, pero los tribunales dictaminaron que no se podía registrar un mero número como marca exclusiva. Como consecuencia, Intel decidió dar un giro y abandonar las siglas numéricas.

De ese cambio nació el mítico nombre Pentium (lo que habría sido el 586), marcando el “divorcio” definitivo entre ambas empresas. El Pentium fue el primer procesador x86 de Intel que ya no se licenció a otros fabricantes, lo que dejó a muchos segundos proveedores sin futuro… salvo a AMD, que decidió lanzarse a diseñar sus propios chips compatibles.

Los primeros procesadores propios de AMD: de K5 a K7 y la respuesta a Pentium

Con el fin de las licencias directas, AMD tuvo que dejar de vivir a rebufo de los diseños de Intel y empezar a proponer alternativas propias. Su primer procesador x86 completamente desarrollado in-house fue el AMD K5, lanzado en 1996, con el objetivo de competir contra la gama Pentium de Intel.

El K5 ofrecía compatibilidad con placas base pensadas para procesadores Intel, pero AMD entendió pronto que, si quería diferenciarse, necesitaba ir un paso más allá. Apostó por precios notablemente inferiores a los de Intel, con una relación rendimiento/precio muy atractiva para integradores y fabricantes de PC. Es en esta época cuando AMD empieza a consolidarse como opción “buena y barata” para gamas media y baja.

En 1997 llega la verdadera consolidación con el lanzamiento de los AMD K6, K6-2 y K6-3. Estos procesadores compitieron de tú a tú con los Pentium II y Pentium III, hasta el punto de que se estima que alrededor del 70 % de los PCs de gama media o baja vendidos ese año montaban chips de AMD. Fue el primer aviso serio de que la “tortuga” Intel ya no corría sola.

AMD redoblaría la apuesta en 1999 con una nueva arquitectura, K7, que daría lugar a los célebres modelos Athlon y Duron. Los Athlon de arquitectura K7 no solo igualaban, sino que en muchas configuraciones superaban a los Pentium III de Intel, logrando un rendimiento muy competitivo y reforzando la imagen de AMD como rival técnico de nivel, no solo como alternativa barata.

Mientras tanto, Intel seguía disfrutando de una imagen de marca muy sólida. Para el usuario medio, “Intel inside” se asociaba casi automáticamente con calidad y fiabilidad, una percepción que AMD nunca ha terminado de igualar a nivel de marketing, pese a que en este periodo sus productos podían competir perfectamente, e incluso destacar, en numerosos escenarios.

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Athlon 64, la apuesta por los 64 bits y el liderazgo técnico de AMD

La primera gran sacudida real al dominio técnico de Intel llega en 2003 con el lanzamiento de los Athlon 64 basados en la arquitectura K8. AMD fue la primera en llevar procesadores de 64 bits al mercado de sobremesa, manteniendo compatibilidad con el legado x86 de 32 bits. Esto facilitó una transición suave hacia sistemas operativos y aplicaciones de 64 bits sin romper el ecosistema existente.

Este movimiento pilló a Intel a contrapié. AMD consiguió no solo ofrecer CPUs más modernas, sino también forzar a Intel a adoptar su extensión de 64 bits, conocida como AMD64, que acabaría integrándose como estándar de facto en toda la industria. Fue uno de esos raros momentos en los que el gigante azul tuvo que seguir la senda marcada por su rival.

El liderazgo técnico de AMD no se quedó ahí. En 2005 introdujo los primeros procesadores de varios núcleos orientados al mercado de PC de consumo, una solución que hasta entonces se reservaba prácticamente al mundo de los servidores. De nuevo, AMD conseguía adelantarse a Intel en la introducción de una tecnología clave que marcaría el futuro del rendimiento en multitarea.

Por esta época también aparecieron sucesivas mejoras como los Athlon XP, Sempron y variantes de Athlon 64 que competían de manera muy digna con los Pentium 4, una arquitectura de Intel (Netburst) que priorizaba frecuencias muy altas, pero que empezaba a mostrar sus límites en eficiencia y escalabilidad.

Todo apuntaba a que AMD había encontrado el ritmo para consolidarse como alternativa igual o mejor según el segmento, aunque el desequilibrio en recursos de I+D seguía siendo abismal. AMD dependía siempre de captar inversión y talento en el momento justo; cuando lo conseguía, sorprendía con productos brillantes, y cuando no, sufría baches que la devolvían a la sombra.

Respuesta de Intel: de Netburst a Banias, Core y Nehalem

La reacción de Intel no se hizo esperar. Su arquitectura Netburst, utilizada en los Pentium 4, estaba tocando techo en términos de consumo y calor. Para recuperar terreno, Intel apostó por una nueva línea de diseño conocida como Banias, inicialmente orientada a portátiles, pero que terminaría sentando las bases de la exitosa familia Core.

De esta evolución surgieron los Core 2 Duo y Core 2 Quad, procesadores que mejoraron de forma notable la eficiencia energética y el rendimiento por ciclo frente a los Pentium 4. De golpe, AMD se encontraba con que su ventaja técnica en varios frentes se desvanecía, especialmente cuando Intel fue afinando estos diseños para sobremesa y gama alta.

El siguiente salto importante llegó con Nehalem, la microarquitectura que dio vida a los primeros Core i7, i5 e i3. Nehalem supuso incrementos de rendimiento del orden del 30 % frente a generaciones anteriores a la misma frecuencia, integrando además el controlador de memoria y otras mejoras internas que reforzaron la posición de Intel en el segmento entusiasta y profesional.

AMD, por su parte, intentó distintas aproximaciones técnicas para no perder comba. La arquitectura Bulldozer fue su gran apuesta para volver a competir en la gama alta, pero el experimento no salió como se esperaba. Pese a su enfoque en módulos con recursos compartidos para mejorar teóricamente la eficiencia, en la práctica no pudo plantar cara con solvencia a Sandy Bridge, la evolución de Intel sobre la base de Nehalem.

En 2006, AMD decidió diversificar su negocio adquiriendo ATI, un importante fabricante de GPU. Esta compra le permitió desarrollar procesadores con gráficos integrados de alto rendimiento (APU), un paso relevante sobre todo en portátiles y equipos compactos. Aunque le dio oxígeno en ciertos segmentos, no resolvió el problema de fondo: en gama alta de CPU pura, Intel volvía a ser el líder sin oposición real.

La situación llegó a tal punto que, en 2012, AMD optó por abandonar de facto la lucha directa por la gama más alta de sobremesa y reorientarse a procesadores de precio más contenido, con arquitecturas como Piledriver. Mientras tanto, Intel se acomodaba en su posición dominante y se centraba sobre todo en pulir su proceso de fabricación e introducir pequeñas mejoras incrementales año tras año.

El punto de inflexión moderno: AMD Zen y el renacimiento con Ryzen

Tras varios años a la defensiva, AMD preparó su contraataque con paciencia. La clave iba a ser una nueva familia de arquitecturas llamada Zen. En 2017, AMD lanzó sus primeros procesadores Ryzen basados en Zen, y con ello cambió por completo el panorama competitivo.

Zen fue un rediseño profundo respecto a Bulldozer: mejor IPC (instrucciones por ciclo), mejor eficiencia energética, nueva organización interna y un claro enfoque en ofrecer más núcleos e hilos a precios muy competitivos. Como resultado, los procesadores Ryzen pudieron competir cara a cara con los Intel Core i5 e i7 en rendimiento general y, en muchos casos, superarlos en tareas multihilo intensivas como edición de vídeo, renderizado 3D o streaming.

En las siguientes iteraciones, Zen 2 y Zen 3, AMD afianzaría esta posición, apoyándose además en los avanzados nodos de fabricación FinFET de TSMC (7 nm en el caso de Zen 3). Mientras Intel sufría retrasos en la transición a procesos más pequeños, AMD podía ofrecer chips con más núcleos, menor consumo y mayor rendimiento por vatio.

La llegada de Zen también supuso un cambio en la forma de construir los procesadores. AMD adoptó un diseño basado en chiplets: en lugar de un único dado monolítico, agrupa pequeños chiplets de cómputo (CCD) conectados a un chip central de entrada/salida (IOD). Esto facilita escalar el número de núcleos, mejora el rendimiento de fabricación (se tiran menos chips por defectos) y abre la puerta a innovaciones como la memoria apilada.

En paralelo, AMD cuidó algo que los usuarios más entusiastas valoran mucho: la compatibilidad a largo plazo de sus plataformas. Durante varias generaciones de Ryzen ha sido posible actualizar de procesador sin cambiar necesariamente de placa base, algo que contrasta con la tendencia de Intel a introducir nuevos sockets cada pocos años, obligando con frecuencia a renovar también la placa.

Ryzen 7000, Zen 4 y la apuesta por chiplets y 3D V-Cache

La trayectoria de Zen fue avanzando hasta llegar a la generación actual de sobremesa, los Ryzen 7000 con arquitectura Zen 4. Estos procesadores siguen apostando por un único tipo de núcleo (no son híbridos), todos ellos con la tecnología SMT (Simultaneous Multi-Threading), lo que les permite manejar hasta dos hilos por núcleo.

Zen 4 mejora de forma notable el rendimiento monohilo frente a Zen 3, manteniendo al mismo tiempo un excelente desempeño multihilo. Fabricados en el nodo FinFET de 5 nm de TSMC para los núcleos de CPU, gozan de una eficiencia energética muy competitiva, especialmente bajo cargas intensivas y sostenidas.

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El diseño en chiplets sigue siendo una de las grandes bazas de AMD. Los CCD de cómputo se fabrican a 5 nm, mientras que el chiplet IOD, encargado de la memoria y de la comunicación con el chipset de la placa base, se produce a 6 nm, también en TSMC. Esta combinación permite optimizar costes y rendimiento en cada parte del procesador, empleando nodos punteros donde más impacto tienen.

Una de las innovaciones más llamativas recientes es la tecnología 3D V-Cache. En lugar de colocar todos los chiplets uno al lado del otro, AMD apila verticalmente memoria caché de nivel 3 sobre los chiplets de cómputo. Esto se traduce en mucha más caché L3 disponible por núcleo y en una reducción de la latencia asociada a este subsistema.

Modelos como el Ryzen 7 5800X3D, y posteriormente los Ryzen 9 7950X3D, 7900X3D y Ryzen 7 7800X3D, han demostrado que esta caché apilada dispara el rendimiento en videojuegos sin penalizar demasiado otros escenarios de uso. El veterano 5800X3D sigue siendo hoy un procesador muy apetecible para jugar, incluso compitiendo con CPUs más modernas y caras.

Gracias a esta combinación de arquitectura eficiente, chiplets, procesos de 5 nm y 3D V-Cache, los Ryzen 7000 destacan especialmente en relación rendimiento/vatio. Bajo cargas exigentes, su ventaja sobre las últimas generaciones de Intel se deja notar en temperaturas, consumo y costes energéticos a largo plazo.

El camino reciente de Intel: Alder Lake, Raptor Lake y la apuesta por la arquitectura híbrida

Mientras AMD consolidaba su renacimiento con Zen, Intel tuvo que reescribir parte de su estrategia. El retraso en sus nodos de fabricación avanzados (como el salto a 10 nm, renombrado después como Intel 7) hizo que sus mejoras fueran más modestas generación tras generación. Para romper esta inercia, Intel dio un giro hacia las arquitecturas híbridas con Alder Lake, la familia Core de 12ª generación.

La idea de esta arquitectura híbrida es combinar dos tipos de núcleos: núcleos de alto rendimiento (P-cores) y núcleos de alta eficiencia (E-cores). Los primeros son más potentes y suelen contar con Hyper-Threading (dos hilos por núcleo), mientras que los segundos priorizan el bajo consumo y se organizan en grupos de cuatro sin Hyper-Threading (un hilo por núcleo).

Este diseño busca optimizar tanto el rendimiento bruto como el rendimiento por vatio, permitiendo al sistema operativo asignar tareas ligeras en segundo plano a los núcleos eficientes y procesos exigentes a los núcleos de alto rendimiento. En teoría, esto ofrece lo mejor de ambos mundos: buena potencia máxima y un uso más racional de la energía en escenarios mixtos.

Tras Alder Lake llegaron Raptor Lake (13ª generación) y Raptor Lake-S Refresh (14ª generación). Aunque la microarquitectura base es muy similar entre estas dos últimas generaciones, Intel ha ido refinando la litografía Intel 7, aumentando el número de núcleos E en algunos modelos, elevando las frecuencias máximas y puliendo detalles en los P-cores y E-cores.

En esencia, la diferencia más relevante entre la 12ª, 13ª y 14ª generación no está en un cambio radical de diseño, sino en más fuerza bruta: más núcleos eficientes, algo más de frecuencia y mejores ajustes internos. Sin embargo, el gran talón de Aquiles sigue siendo el proceso de fabricación: aunque Intel 7 ha mejorado notablemente, aún queda por detrás de los 5 nm de TSMC en densidad y eficiencia.

La consecuencia es que, aun siendo microarquitecturas muy avanzadas y escalables, los procesadores Core de 13ª y 14ª generación no siempre pueden rivalizar en rendimiento por vatio con los Ryzen 7000. A igualdad de rendimiento bruto, suelen consumir más y generar más calor, algo que se nota en configuraciones de alto rendimiento y en cargas sostenidas.

Mercado, cuotas y la eterna presión de los precios

A lo largo de todas estas décadas, la cuota de mercado global de x86 ha tendido a favorecer sistemáticamente a Intel. Históricamente, Intel ha dominado el mercado de portátiles con ratios aproximados del 80/20 frente a AMD, y en servidores durante mucho tiempo se quedó con casi todo el pastel, mientras que AMD apenas tenía presencia relevante.

El único terreno donde ha habido competencia real recurrente ha sido el mercado de sobremesa (desktop). Precisamente ahí es donde AMD ha librado sus grandes batallas, primero con Athlon, luego con Athlon 64, más tarde con algunos Phenom y, en la era moderna, con los Ryzen. En los últimos años, y especialmente con las generaciones Zen 2, Zen 3 y Zen 4, AMD ha ido arañando cuota hasta superar a Intel en ciertos momentos y segmentos concretos.

Una de sus armas históricas ha sido el precio. Desde los K5 y K6, AMD ha tenido claro que, para sobrevivir frente a un gigante con mucho más presupuesto en I+D y marketing, debía ofrecer más por menos: más núcleos, más hilos o más rendimiento total a igual o menor coste. Esa filosofía se ha repetido con Ryzen, forzando a Intel a ajustar tarifas y a mejorar sus propuestas para no quedar descolgado.

Intel, por otro lado, ha mantenido durante mucho tiempo una imagen de marca más sólida y reconocible para el usuario general. Campañas masivas como las de Pentium o “Intel inside” han dejado huella, y muchas personas siguen asociando automáticamente “procesador bueno” con “procesador Intel”, incluso aunque técnicamente AMD ofrezca en ese momento una opción más equilibrada.

En paralelo, el mercado ha ido cambiando: la explosión de la computación en la nube y de los centros de datos ha elevado la importancia de la eficiencia por núcleo y por vatio, y ahí AMD ha aprovechado para impulsarse con sus líneas EPYC en servidores. Mientras tanto, Intel lucha por conservar su hegemonía, tanto en centros de datos como en portátiles, donde sus soluciones de bajo consumo siguen siendo muy relevantes.

Frecuencia, arquitecturas históricas de AMD y la evolución hacia Zen 3 y Zen 4

Si miramos solo AMD, la evolución de sus arquitecturas desde los K5 hasta Zen 4 es un buen reflejo de cómo ha ido persiguiendo mayores frecuencias y más eficiencia. Los K5, K6 y K7 introdujeron sockets específicos como el socket A y sentaron las bases de la marca en el mercado de escritorio, obligando a los fabricantes de placas a adaptarse a sus diseños.

Más adelante, con AMD Phenom, la compañía presentó sus primeros procesadores de 4 núcleos reales para consumo, basados en la microarquitectura K8L y en un proceso de 65 nm. Posteriormente, con Phenom II, dio el salto a 45 nm y a modelos de hasta 6 núcleos (Phenom II X6), sobrepasando en número de núcleos a lo que ofrecía Intel entonces para el mercado doméstico.

Tras la compra de ATI, nació el concepto AMD Fusion, que integraba CPU y GPU en un mismo chip para mejorar el rendimiento gráfico sin necesidad de tarjeta dedicada. Esta idea evolucionaría en las APU modernas, que han sido clave para portátiles y equipos compactos.

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La llegada de Bulldozer, con un proceso de 32 nm, buscaba explotar la tecnología multinúcleo con módulos que compartían ciertos recursos. Sin embargo, y pese a ser interesante sobre el papel, el resultado práctico quedó por debajo de lo esperado en términos de rendimiento por núcleo y eficiencia comparado con las propuestas de Intel.

Con Zen y los Ryzen, fabricados inicialmente a 14 nm y posteriormente a 7 nm (Zen 2 y Zen 3), AMD consiguió por fin combinar altas frecuencias, muchos núcleos y un TDP razonable. La serie Ryzen 5000, basada en Zen 3, ya ofrecía frecuencias cercanas a los 5 GHz, mejor rendimiento monohilo y temperaturas más contenidas, consolidando a AMD como alternativa muy seria incluso para gamers exigentes.

Rendimiento, multitarea, juegos y gráficos integrados: ¿quién brilla en qué?

En la práctica, cuando un usuario se pregunta “¿Intel o AMD?”, lo que quiere saber es quién le va a ofrecer mejor rendimiento en las tareas que realmente hace. Durante muchos años, Intel dominó claramente el rendimiento por núcleo, lo que le daba ventaja en videojuegos y aplicaciones que no escalaban bien con muchos hilos.

Con la llegada de Ryzen, y sobre todo con Zen 2, Zen 3 y Zen 4, AMD ha recortado y en muchos casos igualado e incluso superado ese rendimiento monohilo, mientras mantenía una clara ventaja en número de núcleos por euro invertido. En tareas como edición de vídeo, renderizado, compilación de código o streaming, contar con muchos núcleos/hilos marca una diferencia enorme, y ahí los Ryzen han brillado.

En el terreno de juegos, la cosa ha estado más reñida. Tradicionalmente, Intel ha sido la referencia en FPS puros gracias a su alto rendimiento por núcleo, pero modelos de AMD con 3D V-Cache han logrado adelantarse en muchos títulos al ofrecer grandes cantidades de caché L3 cerca de la CPU, reduciendo cuellos de botella.

Respecto a gráficos integrados, tanto Intel como AMD incluyen GPU en muchos de sus procesadores. Sin embargo, AMD ha sabido sacar partido a su experiencia con ATI para ofrecer iGPU más capaces en sus APU, pensadas para usuarios que quieren algo de rendimiento gráfico sin invertir en una tarjeta dedicada. Intel también ha mejorado mucho en este terreno, sobre todo en portátiles, pero AMD mantiene una reputación muy sólida en cuanto a potencia gráfica integrada.

En lo que se refiere a eficiencia energética, el uso de nodos de TSMC de 7 nm y 5 nm ha permitido a AMD presentar CPUs muy competitivas en rendimiento/vatio. Intel, con Intel 7, ha mejorado bastante, pero todavía sufre para igualar la eficiencia de los chips de AMD bajo cargas intensas, algo que se refleja en consumo eléctrico y necesidades de refrigeración.

Mirando al futuro: Lunar Lake, Strix Point y la era de la IA en el PC

El duelo Intel vs AMD no se queda en los procesadores actuales; el futuro inmediato ya está tomando forma. Intel prepara sus procesadores Lunar Lake para portátiles, previstos para el corto plazo, en los que veremos una evolución de la arquitectura híbrida con tres tipos de núcleos: alto rendimiento, alta eficiencia y núcleos especialmente eficientes de muy bajo consumo.

Estos chips integrarán además NPUs (unidades de procesamiento neuronal) con suficiente capacidad para cumplir los requisitos de funciones de IA como Copilot+ en Windows 11. Lunar Lake también hará uso de tecnologías de empaquetado avanzadas como Foveros 3D y de nodos más modernos como Intel 4, preparando el terreno para lo que, muy probablemente, será la base de sus próximas CPU de sobremesa.

Por el lado rojo, AMD trabaja en sus SoC Strix Point para portátiles, que también incorporarán NPUs XDNA2 capaces de ofrecer al menos 40 TOPS, con el mismo objetivo de soportar de forma fluida funciones de IA local y Copilot+. Además, todo apunta a que los futuros Ryzen de sobremesa adoptarán, por fin, arquitecturas híbridas con más de un tipo de núcleo, y que se fabricarán en nodos aún más avanzados de TSMC, probablemente en 3 nm.

Si estas previsiones se cumplen, en la próxima generación podríamos ver cómo ambas compañías se enfrentan con arquitecturas híbridas propias y procesos de fabricación de primer nivel: Intel 4 por un lado y 3 nm FinFET de TSMC por el otro. La integración de NPUs como pieza central del procesador será un punto clave, ya que la inteligencia artificial local se perfila como una característica diferenciadora en PCs de los próximos años.

En paralelo, el mercado seguirá evolucionando con nuevos actores (por ejemplo, chips basados en ARM ganando terreno en portátiles y servidores). Intel y AMD tendrán que demostrar que pueden seguir siendo relevantes frente a arquitecturas alternativas, no solo compitiendo entre ellas. En cualquier caso, todo indica que la batalla por la eficiencia, la integración de IA y el empaquetado 3D será todavía más intensa que la guerra clásica por la frecuencia.

Si miramos todo este recorrido en conjunto, se ve con bastante claridad que la relación de fuerzas entre Intel y AMD ha oscilado constantemente: Intel ha sido durante décadas la “tortuga” que avanza con paso firme y continuidad, mientras que AMD se ha comportado como la “liebre”, capaz de dar saltos espectaculares cuando el talento y la inversión se alinean, y de sufrir baches profundos cuando no. En el momento actual, la combinación de Zen 4, chiplets, 5 nm de TSMC y 3D V-Cache coloca a AMD un paso por delante en el mercado de sobremesa si hablamos de conjunto de factores (rendimiento, eficiencia y precio), mientras que Intel conserva una posición muy fuerte en portátiles y centros de datos y apuesta por recuperar terreno con sus arquitecturas híbridas y nuevos nodos. Que uno u otro sea la mejor opción para cada usuario seguirá dependiendo del tipo de uso, del presupuesto y de cuánto valor se otorgue a aspectos como la eficiencia, la compatibilidad de plataforma o el acceso temprano a las últimas tecnologías.

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