Qué es la virtualización y cómo activarla paso a paso

Última actualización: 4 de febrero de 2026
  • La virtualización permite crear varios entornos independientes sobre un solo hardware físico, optimizando recursos y reduciendo costes.
  • Existen distintos tipos de virtualización (servidores, red, almacenamiento, datos, aplicaciones y escritorios) que cubren toda la infraestructura TI.
  • Aunque ofrece grandes ventajas, requiere buena planificación, hardware fiable y formación en herramientas específicas para evitar cuellos de botella.
  • Para usarla en un PC es necesario activar las opciones de virtualización en la BIOS o UEFI (Intel VT-x, AMD-V) y después instalar un hipervisor adecuado.

Virtualización y cómo activarla

La virtualización se ha convertido en una pieza clave de cualquier infraestructura tecnológica moderna. Está en la base de la nube, de los centros de datos actuales y de muchas de las herramientas que usamos a diario sin darnos cuenta. Sin embargo, a pesar de lo extendida que está, todavía genera muchas dudas: qué es exactamente, para qué sirve, si compensa para una empresa pequeña o cómo se activa en un PC normal y corriente.

En las siguientes líneas vamos a hacer un repaso muy completo, pero con un tono cercano, sobre qué es la virtualización, cómo funciona y cómo activarla en tu equipo. Veremos también tipos de virtualización (servidores, red, datos, aplicaciones, escritorios), sus ventajas e inconvenientes y por qué se ha convertido en el estándar en la mayoría de organizaciones.

Qué es la virtualización y por qué es tan importante

Cuando hablamos de virtualización nos referimos a una tecnología que permite dividir un único equipo físico (normalmente un servidor) en varias máquinas virtuales independientes entre sí. Cada una de esas máquinas virtuales puede tener su propio sistema operativo (Windows, Linux, etc.) y sus propios recursos asignados (memoria, CPU, almacenamiento) como si fuera un ordenador diferente.

Lo interesante es que, desde dentro, cada máquina virtual cree que está trabajando en un entorno dedicado, como si tuviese un hardware exclusivo para ella. En realidad no es así: está compartiendo el mismo servidor físico con otras máquinas virtuales, pero todo se gestiona a través de una capa de software que se encarga de hacer ese “engaño” de forma transparente.

Gracias a este enfoque, en lugar de tener muchos servidores infrautilizados, podemos concentrar varias cargas de trabajo en menos máquinas físicas, aprovechando mucho mejor la potencia disponible. Eso se traduce en ahorro de espacio, en un ahorro de energía, de costes de hardware y en una gestión mucho más flexible.

Este concepto no es nuevo: ya en los años 60 y 70 IBM realizó las primeras pruebas de compartir recursos de computación entre diferentes usuarios, precisamente para mejorar la eficiencia. No fue hasta finales de los 90 y principios de los 2000 cuando, con el aumento de necesidades de TI y el encarecimiento de mantener tantos equipos, la virtualización dio el salto definitivo y pasó a ser el modelo por defecto en centros de datos y empresas.

Cómo funciona la virtualización: hipervisor y máquinas virtuales

Para entender bien cómo funciona la virtualización viene muy bien una metáfora sencilla: imagina un hotel enorme que es solo un espacio diáfano. Si lo dejamos tal cual, desaprovechamos metros. Lo lógico es dividirlo en habitaciones independientes, cada una con su puerta, su cama y su baño, pero todas comparten el mismo edificio.

En este ejemplo, el edificio del hotel sería el servidor físico, mientras que las habitaciones serían las diferentes máquinas virtuales. Cada habitación tiene su propio espacio y sus recursos, pero todas dependen del mismo inmueble. En informática, cuando virtualizamos, tomamos el hardware físico y lo partimos lógicamente en varias máquinas virtuales que funcionan a la vez sin molestarse entre ellas.

Para que esta magia funcione necesitamos dos elementos fundamentales: la máquina virtual y el hipervisor. La máquina virtual es, dicho mal y pronto, un ordenador inventado por software, con su propia configuración de CPU, RAM, disco y dispositivos virtuales. Sobre ella instalamos un sistema operativo invitado (Windows, Linux, etc.) que se comporta exactamente igual que en un PC físico: necesita licencias, actualizaciones, antivirus y es vulnerable a ataques si no se protege bien.

El otro protagonista es el hipervisor. Este componente de software es el que crea la capa de virtualización que se sienta entre el hardware y las máquinas virtuales. Su tarea es repartir dinámicamente los recursos físicos entre las distintas máquinas virtuales, haciendo que cada una “piense” que tiene el hardware a su disposición. Si una máquina virtual necesita más CPU o más RAM en un momento dado, el hipervisor se encarga de asignársela (si está disponible).

Para que el rendimiento sea el esperado, es clave que el hipervisor, el almacenamiento y la red funcionen de forma estable. Un problema en un disco o en una tarjeta de red del servidor físico puede impactar en todas las máquinas virtuales que lo utilizan. Aun así, a nivel lógico, cada entorno virtual está aislado y un fallo dentro de una máquina virtual (por ejemplo, un malware o una mala configuración) no tiene por qué afectar al resto.

Algo que a veces se pasa por alto es la seguridad: como cada sistema operativo invitado funciona igual que uno instalado en un ordenador real, también tiene las mismas vulnerabilidades. Por eso es importante mantener medidas como antivirus, actualizaciones, cifrado y buenas prácticas, salvo que la VM se haya creado precisamente para pruebas de ataques o de laboratorio.

Para qué sirve la virtualización en el día a día

Más allá de la teoría, la virtualización se ha ganado su sitio porque resuelve problemas muy concretos en el día a día de las empresas. Uno de los usos más habituales es poder ejecutar varios servidores lógicos en un solo servidor físico, reduciendo así el número de equipos necesarios para desplegar aplicaciones y servicios.

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También es tremendamente útil para probar sistemas operativos o versiones nuevas sin poner en riesgo el entorno de producción, o incluso probar programas sin infectarte usando Windows Sandbox.

Otro escenario típico es cuando se necesita seguir usando software antiguo que solo funciona en sistemas operativos obsoletos. En vez de mantener un equipo viejo y vulnerable, se virtualiza ese sistema y se ejecuta en un servidor moderno, encapsulando el riesgo y simplificando el mantenimiento.

A nivel de infraestructura, la virtualización permite aprovechar al máximo la capacidad de los servidores, optimizando el uso de CPU, RAM y almacenamiento. Esto reduce tiempos de inactividad, mejora tiempos de respuesta de las aplicaciones y facilita que el entorno de TI pueda crecer o adaptarse sin grandes sobresaltos.

Por todo ello, para muchas empresas, grandes y pequeñas, la virtualización se ha convertido en una de las mejores inversiones en tecnología: disminuye la cantidad de hardware necesario, aporta encapsulación de servicios, mejora el aislamiento entre entornos y da una enorme independencia para elegir proveedores y arquitecturas.

Tipos de virtualización: más allá de las máquinas virtuales

Aunque muchas veces se asocia virtualización solo a montar máquinas virtuales en un servidor, la realidad es que se puede virtualizar prácticamente cualquier bloque de construcción de TI. Hablamos de servidores, almacenamiento, redes, datos, aplicaciones e incluso escritorios completos para usuarios finales.

Según la definición de firmas de análisis como Gartner, la virtualización es la abstracción de recursos de TI que oculta su naturaleza física a los usuarios. Desde este punto de vista, lo que hacemos es presentar un recurso lógico (un servidor, un disco, una red virtual…) mientras escondemos la complejidad del hardware subyacente, algo que encaja muy bien con los modelos de nube actuales.

La evolución histórica también nos deja otra idea importante: la virtualización ha permitido abaratar drásticamente el acceso a capacidad de computación. Hoy en día los servidores son tan potentes que, sin virtualización, muchas cargas de trabajo dejarían una gran parte de esa potencia sin usar. Al agrupar servicios en máquinas virtuales, exprimimos el hardware y reducimos costes.

Vamos a desgranar ahora las principales variantes de virtualización que se usan en la práctica, viendo para qué sirve cada una y qué aporta dentro de una arquitectura moderna.

Virtualización de servidores

La virtualización de servidores es probablemente el tipo más conocido. Consiste en dividir un servidor físico en varios servidores virtuales, cada uno con su propio sistema operativo y sus aplicaciones. Sin esta tecnología, muchos servidores físicos se quedarían con una gran parte de su capacidad de procesamiento sin aprovechar, ya que solo ejecutarían una aplicación o servicio muy concreto. Al consolidar varios servidores lógicos en uno físico, se aumenta la eficiencia, se reduce el número de máquinas, se simplifica la administración y se baja el coste energético y de espacio.

Virtualización del almacenamiento

En el caso del almacenamiento, la idea es combinar y abstraer varios dispositivos físicos de datos, como cabinas SAN, sistemas NAS o discos locales, en un gran pool de almacenamiento virtual. Aunque debajo haya hardware de distintos proveedores y tecnologías, para los administradores se presenta como una única unidad lógica gestionable por software.

Gracias a ello, es mucho más sencillo optimizar tareas como copias de seguridad, archivado o recuperación, ya que se trabaja sobre ese conjunto unificado de capacidad. También se puede mover información entre distintos dispositivos físicos sin que las aplicaciones sean conscientes del cambio, lo que aporta flexibilidad y continuidad de servicio.

Virtualización de red

Las redes corporativas suelen estar formadas por una combinación bastante heterogénea de switches, routers, firewalls y otros dispositivos repartidos por distintas sedes. Gestionar todo esto a base de tocar equipos físicos uno a uno es complejo y poco escalable, especialmente en empresas con muchas ubicaciones.

La virtualización de red se encarga de agrupar y abstraer esos recursos de red de forma que se puedan gestionar centralizadamente mediante software. Así, los administradores pueden definir políticas, rutas, segmentación o reglas de seguridad sin necesidad de ir modificando cada aparato físico a mano, lo que simplifica la explotación del entorno.

Dentro de la virtualización de red destacan dos enfoques. Por un lado, las redes definidas por software (SDN), donde el control del enrutamiento del tráfico se desprende de los dispositivos físicos y se gestiona a un nivel lógico superior. Esto permite, por ejemplo, priorizar el tráfico de videollamadas frente a otras aplicaciones para asegurar una calidad estable en las reuniones en línea.

Por otro lado, encontramos la virtualización de funciones de red (NFV). Aquí lo que se hace es virtualizar funciones que antes dependían de dispositivos concretos, como firewalls, equilibradores de carga o analizadores de tráfico. De este modo podemos desplegar, mover o escalar estas funciones como si fueran servicios de software, sin comprar un aparato físico dedicado para cada una.

Virtualización de datos

La mayoría de organizaciones modernas manejan datos procedentes de múltiples fuentes, en formatos distintos y ubicados en varios sitios: bases de datos on-premise, sistemas en la nube, aplicaciones SaaS, archivos planos, etc. Integrar toda esa información y ponerla a disposición de las aplicaciones no es tarea sencilla.

La virtualización de datos introduce una capa de software entre los orígenes de datos y las aplicaciones consumidoras. Cuando una aplicación pide información, la capa de virtualización se encarga de localizarla en los sistemas correspondientes, transformarla y devolverla en el formato adecuado, sin que la aplicación tenga que conocer los detalles de dónde está almacenada realmente.

Este enfoque permite más flexibilidad en la integración de datos, facilita proyectos de análisis que combinan información de distintas áreas y reduce los tiempos necesarios para poner en marcha nuevos informes o cuadros de mando, porque se evita replicar datos constantemente entre sistemas.

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Virtualización de aplicaciones

En el ámbito de las aplicaciones, la virtualización persigue que un mismo programa pueda ejecutarse en sistemas operativos para los que originalmente no fue diseñado, o hacerlo sin necesidad de instalarlo de forma tradicional en cada equipo de usuario. Esto aporta mucha comodidad en despliegues masivos.

Hay varias formas de lograrlo. Una de ellas es el streaming de aplicaciones, donde la aplicación se ejecuta desde un servidor remoto y solo se envía a la máquina del usuario lo necesario en cada momento. Otra posibilidad es la virtualización de aplicaciones basada en servidor, donde los usuarios acceden a la aplicación a través de un navegador o cliente ligero, sin instalación local.

También existe la virtualización local de aplicaciones, que consiste en empaquetar el código junto con su propio entorno aislado, de forma que pueda ejecutarse en distintos sistemas operativos sin depender de las librerías instaladas en el equipo. En todos los casos, el objetivo es simplificar la gestión, reducir conflictos de compatibilidad y facilitar que los usuarios tengan las herramientas que necesitan sin dolores de cabeza.

Virtualización de escritorios

En muchas empresas hay perfiles de usuario no técnicos que simplemente necesitan un escritorio con ciertas aplicaciones estándar (ofimática, CRM, herramientas de ventas, etc.). Gestionar cientos de PCs físicos con distintas versiones de Windows puede ser un quebradero cabeza a nivel de soporte.

La virtualización de escritorios permite ejecutar diferentes sistemas operativos de escritorio como máquinas virtuales a las que los usuarios se conectan de forma remota. De esta manera, en lugar de depender del hardware local, el escritorio “vive” en un servidor central y se administra desde allí, lo que ahorra costes y aumenta la seguridad.

Dentro de este ámbito, la infraestructura de escritorio virtual (VDI) ejecuta escritorios completos en un servidor remoto, mientras que los usuarios acceden a ellos con dispositivos cliente (thin clients, PCs sencillos, tablets, etc.). Otra variante es la virtualización de escritorio local, en la que el hipervisor se ejecuta directamente en el equipo del usuario y este puede cambiar entre su sistema operativo principal y un escritorio virtual adicional como si cambiara de aplicación.

Ventajas de la virtualización en una organización

La lista de beneficios que aporta la virtualización es larga, y por eso se suele decir que ningún avance en TI reciente ha ofrecido tantos beneficios cuantificables. La primera gran ventaja es la reducción de riesgos y costes: con un solo servidor físico bien dimensionado se pueden alojar muchos servidores virtuales, lo que recorta la cantidad de hardware necesario, el espacio que ocupa y el consumo energético.

Además, la virtualización facilita la monitorización y el control de las cargas de trabajo. Los administradores pueden ver en tiempo real cómo se comporta cada máquina virtual, qué recursos consume y si hay cuellos de botella. Esta visibilidad ayuda a anticipar problemas, planificar ampliaciones y mantener el rendimiento bajo control.

Otro punto muy valorado es la famosa “migración en caliente” de máquinas virtuales. Gracias a esta capacidad, es posible mover una máquina virtual de un servidor físico a otro sin detener el servicio, algo impensable en un entorno puramente físico. Esto simplifica tareas como mantenimiento de hardware, actualizaciones de firmware o equilibrado de carga sin cortar a los usuarios.

Las copias de seguridad y la clonación también salen ganando. Al estar los sistemas encapsulados en máquinas virtuales, hacer un backup o crear un clon de un servidor resulta mucho más rápido y sencillo. En caso de desastre o fallo grave, se puede restaurar una VM en poco tiempo, minimizando el impacto para la empresa.

A todo lo anterior se suma un menor consumo energético, ya que donde antes hacían falta varios equipos permanentemente encendidos, ahora se puede concentrar todo en menos servidores más potentes. En organizaciones grandes, el ahorro en electricidad y refrigeración es muy significativo y contribuye a estrategias de sostenibilidad.

La virtualización también es una gran aliada en planes de recuperación ante desastres. Es posible mantener réplicas o imágenes de las máquinas virtuales en otros centros de datos o en la nube, listas para ponerse en marcha si algo va mal. Incluso antes de una actualización crítica se pueden tomar instantáneas completas del sistema para volver atrás si aparece un problema.

Desde el punto de vista de la administración, trabajar con servidores virtuales hace la gestión mucho más sencilla y centralizada, especialmente en entornos con administración de sistemas Linux. Actualizar, desplegar aplicaciones, aplicar parches de seguridad o modificar configuraciones se puede hacer de forma orquestada y, en muchos casos, automatizada, lo que libera al equipo de TI de trabajos repetitivos.

El aislamiento que proporcionan los entornos virtuales aporta también un extra de seguridad. Un fallo o una infección en una máquina virtual no tiene por qué afectar al resto ni al servidor principal, siempre que el entorno esté bien segmentado. Esto permite crear zonas más controladas para pruebas, desarrollo o acceso desde fuera de la organización.

Finalmente, hay que destacar la capacidad de asignar o ampliar recursos a gran velocidad. Si una aplicación se queda corta de RAM o de CPU, se le puede conceder más desde el hipervisor sin necesidad de cambiar físicamente componentes. Y al haber menos piezas de hardware que se puedan estropear, también se reduce la carga de mantenimiento y se gana fiabilidad general.

Desventajas y retos de la virtualización

Pese a todas sus virtudes, la virtualización no es perfecta. Uno de los puntos más delicados es que la máquina física que soporta las máquinas virtuales se convierte en un elemento crítico. Si ese servidor se cae por un fallo de hardware, todas las VMs que aloja se verán afectadas, por lo que es vital invertir en redundancia y en buenas prácticas de alta disponibilidad.

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Tampoco hay que olvidar que el rendimiento de una máquina virtual suele ser algo inferior al de un servidor físico dedicado, especialmente en entornos muy exigentes o con cargas muy intensivas en E/S. Aunque hoy en día la diferencia se ha reducido mucho gracias a la potencia de los servidores actuales, sigue siendo un factor a considerar en proyectos muy sensibles a la latencia.

Otro reto, sobre todo para empresas pequeñas, es la inversión inicial en licencias y en hardware adecuado, y la necesidad de configurar componentes de PC de forma correcta. Levantar una plataforma de virtualización seria implica contar con servidores con bastante RAM, buen almacenamiento y, en muchos casos, software de pago o suscripciones. Si no se hace una buena planificación, se corre el riesgo de quedarse corto o de saturar recursos rápidamente.

Además, algunos proveedores de software vinculan sus licencias al número de máquinas virtuales o al uso de CPU, lo que puede encarecer ciertos despliegues. Conviene revisar cuidadosamente las condiciones de licenciamiento antes de mover aplicaciones a entornos virtualizados para evitar sorpresas en la factura.

La planificación previa es otro punto clave: si no se calcula bien cuántos servidores virtuales se necesitan, qué recursos van a consumir y cómo va a crecer el entorno, se puede acabar con servidores sobrecargados, con impacto directo en el rendimiento. Un diseño deficiente de la plataforma genera más problemas de los que soluciona.

Por último, la virtualización exige que los administradores se formen en nuevas herramientas y conceptos. Esto puede verse como una inversión positiva en conocimiento, pero también supone dedicar tiempo y esfuerzo, algo que a veces escasea. Algunas plataformas tienen una curva de aprendizaje considerable, así que no está de más tenerlo en cuenta al planificar la adopción.

Cómo activar la virtualización en la BIOS o UEFI

Para sacar partido a muchas de estas tecnologías a nivel de usuario o en entornos de laboratorio, es imprescindible activar las funciones de virtualización en el propio hardware del equipo. En procesadores Intel suele llamarse Intel VT-x o Intel Virtualization Technology, mientras que en AMD se conoce como AMD-V.

La forma de activar estas opciones pasa por entrar en la interfaz de firmware del equipo, ya sea BIOS clásica o UEFI moderna. El aspecto de este menú depende completamente del fabricante del ordenador o de la placa base: algunos muestran interfaces muy gráficas y otros siguen con pantallas más espartanas, pero la idea general es la misma. Si necesitas una guía paso a paso, consulta cómo configurar la BIOS o UEFI.

Para acceder, normalmente hay que pulsar una tecla concreta justo al encender el PC, antes de que arranque el sistema operativo. Las teclas más típicas son Supr/Del, F2, F10, F12 o Esc, según el modelo. En muchos casos, en la pantalla inicial aparece un mensaje del tipo “Press F2 to enter Setup” o similar que indica la tecla correcta.

Una vez dentro de la BIOS o UEFI, tendrás que buscar un apartado relacionado con CPU, Advanced, Security o similares, donde suelen estar las opciones de virtualización. Los nombres pueden variar (Intel VT-x, Intel Virtualization Technology, SVM, AMD-V…), pero en todos los casos se trata de activar estas funciones para que el hipervisor pueda utilizarlas.

Muchos fabricantes ofrecen guías específicas en sus páginas web explicando exactamente dónde se encuentra la opción de virtualización en sus modelos. Si tu marca no aparece en los listados habituales o usas una placa con firmware de desarrolladores como AMI o Phoenix, lo más recomendable es consultar directamente la documentación oficial del dispositivo o de la BIOS/UEFI correspondiente.

Tras habilitar la virtualización y guardar los cambios, el equipo se reiniciará automáticamente. A partir de ahí, ya podrás instalar software de virtualización (VirtualBox, Hyper-V, VMware, etc.) y crear máquinas virtuales que aprovechen estas capacidades de hardware para ofrecer un mejor rendimiento y más estabilidad.

Como detalle importante, hay que tener en cuenta que las opciones y menús varían mucho entre fabricantes. Si no encuentras la configuración adecuada, es buena idea revisar el manual de tu placa base o del portátil, o buscar por modelo concreto en la web de soporte del fabricante, ya que cada uno ubica estas funciones en secciones ligeramente distintas.

Con todo lo visto, se entiende por qué la virtualización está en el centro del entorno tecnológico actual: permite pasar de recursos físicos rígidos a recursos virtuales flexibles, facilita la escalabilidad, reduce costes, mejora la continuidad de negocio y abre la puerta a arquitecturas más colaborativas e interoperables. Siempre que se planifique bien, se forme al equipo y se tenga claro el impacto sobre el hardware crítico, la virtualización aporta más ventajas que inconvenientes y se convierte en una aliada fundamental de la transformación digital.

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