Seguridad infantil en videojuegos online: guía completa para familias

Última actualización: 2 de enero de 2026
  • La seguridad infantil en videojuegos requiere combinar supervisión familiar, control del tiempo de juego y elección cuidadosa de los contenidos.
  • Los principales riesgos son ciberacoso, depredadores, pérdidas económicas, robo de datos y problemas de salud física y emocional.
  • Clasificaciones por edad, controles parentales y proyectos educativos como videojuegos formativos ayudan a fomentar un uso responsable.
  • Plataformas, familias y proveedores de tecnología comparten la responsabilidad de crear entornos de juego más seguros para menores.

seguridad infantil en videojuegos

Hoy en día, los videojuegos forman parte del día a día de la mayoría de niños y adolescentes: consolas, móviles, ordenadores, tablets… la pantalla siempre está a mano. Jugar puede ser una experiencia positiva y muy divertida, pero también abre la puerta a riesgos que muchas familias todavía no terminan de controlar.

Si pensamos que no dejaríamos a un niño solo en una selva llena de peligros, tampoco tiene mucho sentido permitir que se mueva sin compañía por la “jungla digital”. Ciberacoso, depredadores, fraudes, contenidos inadecuados o simples excesos de tiempo de juego pueden afectar a su salud física, emocional y social. La buena noticia es que, con información y sentido común, es posible crear un entorno de juego seguro.

Panorama actual: por qué la seguridad infantil en videojuegos importa tanto

Las cifras dejan claro que jugar online ya no es algo puntual sino una rutina. Investigaciones de la industria del entretenimiento digital muestran que la mayoría de hogares cuentan con al menos una consola, un ordenador de sobremesa o un smartphone con juegos instalados. Además, más de la mitad de los menores entre 2 y 17 años utilizan dispositivos móviles para jugar con frecuencia.

Los videojuegos conectados a Internet ofrecen espacios de socialización, cooperación y aprendizaje, pero esa misma conexión abre la puerta a que otros usuarios puedan insultar, manipular, engañar o incluso robar datos y dinero. No hablamos solo de “malos ratos”, sino de posibles casos de ciberacoso, suplantación de identidad, sextorsión o compras descontroladas.

Por eso, la clave no está en demonizar los videojuegos, sino en empezar a hablar de uso seguro desde edades muy tempranas y mantener esa conversación de forma continua. Cuando los hijos entienden los riesgos y saben que pueden contar lo que les preocupa sin miedo a castigos desproporcionados, es mucho más probable que pidan ayuda a tiempo.

En este artículo vas a encontrar una visión muy completa de los principales peligros, cómo detectarlos, y herramientas prácticas para padres, madres y educadores, además de estrategias que las propias plataformas de juego pueden aplicar para proteger mejor a los menores.

Principales riesgos en los videojuegos online para menores

Al hablar de videojuegos e infancia, no solo hay que pensar en la violencia del contenido. La verdadera exposición al peligro llega con la conexión online, los chats, las compras integradas y la falta de supervisión. Estos son los problemas más habituales.

1. Ciberacoso y comportamientos tóxicos

El anonimato en Internet hace que muchos jugadores se sientan con barra libre para insultar, humillar o fastidiar deliberadamente a otros. En algunos juegos se practica el llamado “griefing”: sabotear la partida de los compañeros, robarles objetivos (“kill stealing”) o arrastrar enemigos de alto nivel hacia jugadores novatos para hacerles perder.

Cuando esto va a más, puede convertirse en un ciberacoso continuado: mensajes privados llenos de ofensas, burlas en canales de chat públicos o campañas de desprestigio contra un menor. Las plataformas suelen incluir funciones para bloquear usuarios, silenciar chats e incluso denunciar comportamientos contrarios a sus términos de servicio, pero muchos chicos no saben usarlas o les da vergüenza hacerlo.

Es fundamental que los menores tengan claro que no están obligados a aguantar faltas de respeto. Conviene enseñarles a capturar pantallas de los mensajes ofensivos, guardar pruebas y pedir ayuda a los adultos, que serán quienes gestionen las denuncias ante moderadores o soporte del juego.

2. Privacidad, identidad y robo de datos

La parte social de los videojuegos hace que sea fácil compartir más información de la cuenta sin darse cuenta. Un apodo que incluya el nombre real y el año de nacimiento, un comentario inocente en el chat sobre la ciudad donde viven o el colegio al que van… poco a poco se van sumando pistas.

Personas con malas intenciones pueden iniciar conversaciones amistosas en canales generales y luego llevar al menor a chats privados para pedir detalles personales: correo electrónico, redes sociales, fotos, datos familiares, etc. Combinando lo que obtienen en el juego con otros datos públicos, podrían crear cuentas a nombre del menor o intentar acceder a perfiles ya existentes.

Las normas básicas aquí son claras: no compartir nunca nombre completo, dirección, colegio, teléfono ni fotos íntimas; utilizar nicks que no revelen la identidad real; y mantener contraseñas diferentes para cada servicio, sin reutilizar la misma clave en varios juegos o plataformas.

3. Información que se queda en consolas, PCs y móviles

Otro riesgo poco visible es el de dejar datos personales almacenados en los dispositivos cuando ya no se usan. Consolas, ordenadores, tablets o smartphones acumulan perfiles, métodos de pago, direcciones y contraseñas guardadas en la memoria.

Cuando una familia vende o recicla un aparato sin borrar bien la información, está entregando potencialmente un trozo importante de su vida digital. No basta con borrar algunos archivos o hacer un formateo rápido: hay que restaurar el dispositivo a estado de fábrica y, si tiene tarjetas de memoria o discos extraíbles, eliminarlos de forma segura también desde un ordenador.

En el caso de los ordenadores de sobremesa, lo ideal es usar software específico que sobrescriba los datos varias veces, en lugar de fiarse solo del botón de “Eliminar”. Así se reduce muchísimo la posibilidad de que alguien recupere información privada posteriormente.

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4. Webcams y dispositivos de audio

Las cámaras integradas en portátiles, móviles o consolas son una ventana directa al hogar. En los últimos años se han registrado casos de miles de webcams hackeadas y emitidas sin permiso en sitios de terceros. Si un atacante consigue controlar la cámara o el micrófono, podría espiar conversaciones familiares o incluso grabar imágenes del menor.

Para minimizar este riesgo es recomendable mantener los dispositivos bien protegidos con antivirus y antimalware actualizados, comprobar con frecuencia la configuración de permisos de cámara y micro, y dejar la webcam desactivada por defecto. Un truco sencillo y efectivo es colocar una tapa física o pegatina opaca sobre la cámara cuando no se use.

5. Depredadores sexuales y grooming

Los depredadores online suelen presentarse como jugadores amables, expertos y dispuestos a ayudar, que se ganan la confianza del menor a base de compartir partidas, logros y secretos del juego. Tras crear ese vínculo de “compañero de equipo” o incluso de “única persona que le entiende”, empiezan a hacer preguntas más personales y a pedir conversaciones privadas por chat, voz o vídeo.

El objetivo final muchas veces es conseguir contenido sexualizado, imágenes comprometidas o incluso un encuentro físico. Este proceso de manipulación se conoce como grooming. Para contrarrestarlo, es muy importante explicar a los menores que nadie que conozcan solo de Internet debe pedirles fotos íntimas, información delicada o quedar a solas, y que cualquier petición de este tipo es motivo inmediato para cortar el contacto y avisar a un adulto.

La supervisión activa de las partidas, especialmente en edades tempranas, y el conocimiento por parte de los padres de los mecanismos de reporte y bloqueo de cada plataforma son herramientas clave para frenar a tiempo estas situaciones.

6. Modelo freemium, microtransacciones y cargos ocultos

Muchos juegos online se presentan como gratuitos, pero en realidad se basan en el modelo “freemium” o de compras dentro de la aplicación. Es decir, se puede jugar sin pagar, pero se ofrece constantemente la posibilidad de comprar monedas virtuales, skins, potenciadores, armas especiales o modos de juego sin anuncios.

El problema viene cuando hay una tarjeta de crédito asociada a la cuenta o al dispositivo y el menor, sin entender bien el impacto económico, empieza a aceptar compras con un par de clics. En poco tiempo, la familia puede encontrarse con cargos importantes en la factura sin haberlo previsto.

Siempre que se pueda, es preferible no introducir datos de tarjeta directamente en los juegos, activar la confirmación de compras con contraseña o huella en móviles y consolas, y revisar periódicamente los extractos bancarios para detectar pagos no autorizados. También conviene desactivar, en los ajustes del sistema, la opción de compras automáticas desde apps si los niños usan el dispositivo con frecuencia.

7. Malware y apps maliciosas

Los troyanos y otras formas de malware pueden esconderse en aplicaciones que parecen juegos legítimos o en versiones modificadas de juegos populares subidas a tiendas oficiales o repositorios alternativos. Una vez instalados, estos programas pueden tomar el control parcial del dispositivo, enviarlo a una red de bots o robar datos.

Para reducir el riesgo, es esencial descargar juegos solo desde tiendas oficiales y desarrolladores reconocidos, leer reseñas de otros usuarios, comprobar quién firma la app y mantener activada una solución de seguridad que escanee de forma periódica el móvil o la tablet de la casa y comprobar si tu ordenador se calienta por un virus.

Uso excesivo, salud y equilibrio en la vida diaria

Además de los riesgos puramente digitales, los videojuegos pueden afectar al bienestar físico, emocional y académico cuando el uso se vuelve excesivo. No se trata de contar cada minuto, sino de detectar cuando el juego empieza a comerse otras áreas importantes de la vida del menor.

Cómo detectar que tu hijo juega demasiado

Hay una serie de señales que indican que el tiempo de juego está descontrolado. Por ejemplo, pasar horas y horas seguidas frente a la pantalla sin querer parar, mostrar rechazo a cualquier otra actividad, o dejar de relacionarse con amigos del mundo físico para centrarse solo en los contactos online.

También es preocupante si, cuando se le pide que deje de jugar, reacciona con cambios bruscos de humor, agresividad o rabietas intensas; si aparecen problemas para dormir, se acuesta muy tarde por seguir jugando o se levanta cansado a diario.

Otra señal clara es el abandono de responsabilidades habituales: no ayuda en casa, descuida tareas escolares, baja el rendimiento académico de forma notable o falta a actividades extraescolares por quedarse conectado. Si, además, aparecen pequeños engaños o mentiras para conseguir más tiempo de juego, es momento de intervenir.

Impacto en la salud física y mental

El sedentarismo prolongado ligado a los videojuegos puede favorecer el sobrepeso y la obesidad infantil, sobre todo si se combina con picoteos constantes de chucherías y bebidas azucaradas mientras se juega. La postura encorvada y las horas sin moverse también pueden provocar molestias musculares, dolores de espalda y problemas posturales en un cuerpo en crecimiento.

A nivel ocular, la atención fija en la pantalla reduce el parpadeo y puede generar irritación, sequedad y fatiga visual. En niños con defectos de visión no corregidos, los dolores de cabeza pueden hacerse frecuentes. No es raro que aparezcan inflamaciones en mano y muñeca asociadas a movimientos repetitivos con el mando, ratón o pantalla táctil.

En el plano psicológico, en casos extremos el menor puede aislarse socialmente, perder interés por actividades que antes disfrutaba y desarrollar síntomas de ansiedad o depresión. Cuando no puede jugar, pueden surgir signos de “abstinencia”: irritabilidad, inquietud o tristeza intensa.

¿Cuándo hablamos de posible adicción al videojuego?

Si el juego se convierte en el centro absoluto de la vida del menor, ocupa casi todos sus pensamientos y empieza a mentir o a hacer “trampas” para seguir conectado, hablamos de un uso claramente problemático. Algunos autores equiparan estos casos con una forma de ludopatía, con pérdida de control, deterioro académico y ruptura de la vida social.

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Los padres deben estar atentos a comportamientos como encender la consola nada más levantarse, aprovechar cualquier hueco para jugar deprisa, negar de manera rotunda que exista un problema pese a las evidencias o incluso realizar pequeños hurtos para conseguir dinero con el que comprar juegos o microtransacciones.

Ante una sospecha de adicción, conviene buscar apoyo profesional (orientadores escolares, psicólogos, pediatras) y no quedarse solo en la pelea familiar. Cuanto antes se ataje el problema, más fácil será reconducir los hábitos.

Herramientas para ayudar a gestionar el tiempo de juego

La mediación parental es clave para que los menores aprendan a usar la tecnología de forma equilibrada y saludable. No basta con prohibir o castigar: es mejor acordar normas claras y coherentes que se mantengan en el tiempo.

Puede ser útil fijar de antemano un máximo de tiempo de juego al día o a la semana y horarios específicos (por ejemplo, nunca antes de terminar deberes o después de cierta hora de la noche). Para niños pequeños, limitar las sesiones a unos 20 minutos seguidos, usando una alarma visible para ellos, ayuda a evitar sobreestimulación y rabietas al terminar.

Los sistemas operativos y consolas incluyen cada vez más controles parentales para limitar tiempo, bloquear juegos por edad o controlar compras. Familiarizarse con estas funciones y revisarlas periódicamente forma parte de la supervisión responsable.

En España, además, existen servicios públicos de asesoramiento como “Tu Ayuda en Ciberseguridad” (teléfono 017), que ofrecen orientación gratuita y personalizada todos los días del año, en amplio horario, a familias que necesiten apoyo para instaurar rutinas digitales saludables.

Contenido de los videojuegos: riesgos y oportunidades

No todos los juegos son iguales. Lo que ocurre dentro de la pantalla importa tanto como el tiempo que se pasa frente a ella. Aquí entran en juego las clasificaciones por edades, los tipos de contenidos y el enfoque educativo o tóxico de cada título.

Clasificaciones por edad: PEGI, ESRB y su utilidad

Los sistemas de clasificación como PEGI (en Europa) o ESRB (en Norteamérica) orientan sobre la edad recomendada y el tipo de contenido presente en cada juego. Sus iconos ayudan a detectar rápidamente si hay violencia, lenguaje soez, miedo, sexo, drogas, apuestas o compras dentro del juego.

En ESRB encontramos categorías como E (para todos los públicos), E10+ (a partir de 10 años), T (adolescentes desde 13), M (mayores de 17) y AO (solo adultos 18+). También existe la etiqueta RP (clasificación pendiente) que se usa en materiales promocionales hasta que el juego recibe la calificación definitiva.

Estas clasificaciones son una primera barrera, pero no sustituyen al criterio de los padres. Un juego “familiar” puede incluir chats abiertos, anuncios inadecuados o incentivos agresivos a las compras. Por eso conviene leer bien las descripciones en Google Play o App Store, revisar los descriptores de contenido y, siempre que se pueda, probar el juego junto al menor.

Juegos que educan en seguridad: el caso de RAYUELA

Existen proyectos que utilizan el videojuego precisamente para enseñar a los chicos a protegerse en Internet. Uno de ellos es RAYUELA, una iniciativa europea basada en un juego con seis “ciberaventuras” interactivas.

En este título, los menores se enfrentan a situaciones inspiradas en casos reales: perfiles falsos en redes sociales, ciberacoso entre iguales, suplantación informática o chantaje sexual. El jugador debe tomar decisiones y ver las consecuencias en un entorno seguro, sin riesgo real, lo que facilita aprender buenas prácticas de forma amena.

RAYUELA se ha desarrollado con la participación de miles de jóvenes, docentes y fuerzas de seguridad, que han aportado sugerencias sobre lenguaje, control del personaje o navegación dentro del juego. Esto ha permitido que se integre incluso en campañas nacionales de concienciación, como la Missão Cibersegura en Portugal, que quiere llegar a cientos de miles de menores.

Además de su función educativa, este tipo de proyectos sirven a los investigadores para analizar patrones de comportamiento y factores de riesgo, como el impacto del aislamiento social en víctimas y agresores. Así se generan datos que pueden mejorar futuras políticas de protección infantil.

Efectos negativos de ciertos contenidos

Cuando el menor se centra de forma casi exclusiva en juegos violentos, sexistas o con mensajes xenófobos, su mundo imaginario puede volverse pobre y repetitivo. Modelos de héroes que resuelven todo a golpes, humillan a otros o utilizan a la mujer como premio o víctima pueden calar en una personalidad en formación.

En estas etapas, los niños y adolescentes toman referencias de comportamiento de los personajes que admiran. Si la figura del padre o madre se percibe como distante y los modelos de ficción agresivos ocupan todo el espacio, es más fácil que se incorporen pautas poco empáticas o de desprecio hacia los demás.

Beneficios potenciales de un buen uso del videojuego

No todo son riesgos. Un empleo razonable y bien elegido de los videojuegos puede favorecer la coordinación ojo-mano, la memoria y la perseverancia. Superar niveles difíciles exige intentarlo varias veces, aprender de los errores y tolerar la frustración.

El intercambio de juegos, las partidas en grupo o los proyectos creativos en plataformas como Minecraft o Roblox pueden fortalecer lazos sociales y la colaboración, de forma similar a lo que ocurre con el deporte o los clubes de lectura, siempre que haya equilibrio y diversidad de actividades.

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En muchos casos, los videojuegos pueden ser también una puerta de entrada al mundo tecnológico, despertando interés por la programación, el diseño gráfico, la narrativa interactiva o la música digital.

Recomendaciones básicas para familias

Para aprovechar lo bueno y reducir lo malo, conviene: controlar el tiempo de juego (por ejemplo, 3-4 horas semanales en edades tempranas), reservarlo como premio tras cumplir otras obligaciones y evitar que ocupe todos los ratos libres.

Es importante vigilar el contenido de los juegos, comprobar la clasificación por edades, leer reseñas en medios especializados o foros, y estrenar los juegos con los hijos para ver de primera mano qué aparece en pantalla.

Potenciar la vida familiar ayuda muchísimo: jugar juntos, comentar lo que pasa en el juego, interesarse por sus partidas y proponer también otras actividades (deporte, arte, lectura) reduce la dependencia de la pantalla. Los videojuegos no deben convertirse en niñera digital ni sustituto de la educación.

Por último, hay que estar atentos a señales de alto riesgo: cambios bruscos de comportamiento, uso compulsivo, abandono de amigos o aficiones, pequeños robos o negación absoluta de cualquier problema. En esas situaciones, pedir opinión a profesores, orientadores o especialistas puede marcar la diferencia.

El papel de madres, padres, plataformas y tecnología

La seguridad infantil en videojuegos es tarea compartida. La responsabilidad no recae solo en las familias, aunque sean las primeras llamadas a educar y acompañar.

Lo que pueden hacer las familias

El primer paso es saber qué juegan exactamente los hijos, con quién se conectan y cuánto tiempo dedican a cada dispositivo. Jugar alguna partida con ellos ayuda a entender mejor sus dinámicas, a generar confianza y a detectar antes contenidos o conductas inadecuadas.

También conviene crear juntos las cuentas, configurando bien la privacidad, los chats y los métodos de pago. Si la plataforma permite códigos de seguridad o contraseñas para cambiar ajustes sensibles (como pagos o listas de amigos), hay que activarlos. Y si no, es fundamental explicar al menor que los adultos podrán revisar en cualquier momento la cuenta.

En cuanto a la comunicación, es esencial hablar abiertamente de ciberacoso, depredadores, fraudes y sextorsión, sin dramatizar pero sin restar importancia. Los chicos deben sentir que, si se equivocan o alguien les amenaza con publicar algo vergonzoso, sus padres estarán de su lado y no les culparán de entrada.

Controles parentales avanzados en móviles

Además de los controles nativos, hay aplicaciones de control parental, como algunas soluciones comerciales específicas, que permiten bloquear totalmente apps no deseadas, filtrar por edades y establecer horarios de uso por franjas (clases, estudio, sueño).

Estas herramientas dan a los padres una visión clara de qué juegos se usan, cuánto tiempo y en qué momentos del día, y facilitan tomar decisiones informadas. Eso sí, siempre es preferible combinarlas con diálogo y acuerdos familiares, en lugar de utilizarlas como vigilancia secreta.

Responsabilidad de las plataformas y nuevas tecnologías de seguridad

Los estudios y encuestas sobre fraude online señalan que los usuarios esperan cada vez más seguridad por parte de las propias plataformas. Una parte importante de la población ve lógico que las empresas de videojuegos inviertan en sistemas robustos de verificación de edad e identidad para bloquear a adultos que se hacen pasar por menores o a estafadores profesionales.

La inteligencia artificial puede ayudar a detectar actividades sospechosas en tiempo real (phishing, robos de cuentas, fraudes con monedas virtuales), mientras que la biometría (como el reconocimiento facial o la biometría conductual) facilita comprobar si quien accede al juego es realmente quien dice ser y si se ajusta al rango de edad permitido.

Soluciones especializada de verificación de identidad y edad ofrecen a las plataformas herramientas para cumplir la normativa de protección de menores, combatir el fraude y reducir el acceso de niños a contenidos no aptos. Aunque su implantación pueda tener un coste inicial, ayudan a evitar daños económicos y reputacionales mucho mayores en el futuro.

Para las empresas de videojuegos, combinar tecnologías de IA, biometría, moderación de contenido y controles parentales integrados es ya casi una obligación si quieren seguir siendo competitivas y mantener la confianza de las familias.

Proteger a los menores en los videojuegos online no significa prohibir o vivir con miedo, sino acompañar, dialogar, elegir bien los contenidos, poner límites razonables y exigir a las plataformas medidas de seguridad a la altura. Con esa suma de esfuerzos —familias informadas, herramientas tecnológicas bien usadas y empresas responsables— es posible que los videojuegos sigan siendo un espacio de diversión, aprendizaje y relación, sin convertirse en una fuente constante de riesgos.

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