- El internet estratosférico usa plataformas HAPS a casi 20 km de altura para ofrecer conectividad de baja latencia directamente a móviles convencionales.
- Proyectos como Zephyr (Aalto HAPS) y los dirigibles de Sceye buscan superar los fallos de Loon con aeronaves maniobrables y autonomía de semanas.
- Estas soluciones pretenden reducir la brecha digital en zonas remotas y competir en coste y capacidad con las constelaciones satelitales como Starlink.

El llamado internet estratosférico ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en uno de los campos más calientes de la industria de las telecomunicaciones. Mientras todo el mundo mira a las constelaciones de satélites como Starlink o OneWeb, un grupo de empresas está apostando fuerte por llevar la conectividad a la parte alta de la atmósfera con aeronaves y dirigibles capaces de quedarse prácticamente quietos a casi 20 kilómetros de altura.
Esta nueva oleada tecnológica persigue un objetivo muy claro: conectar a los 2.200 millones de personas que todavía hoy tienen un acceso muy limitado o nulo a internet porque viven en zonas rurales, islas remotas o regiones donde no compensa desplegar fibra ni torres de telefonía móvil. Y, de paso, quiere plantar cara al internet por satélite con una alternativa de menor latencia, más flexible y, sobre el papel, más barata de mantener.
Qué es exactamente el internet estratosférico
Cuando se habla de internet estratosférico se hace referencia al uso de plataformas de gran altitud (HAPS), es decir, aeronaves no tripuladas, drones solares o dirigibles que vuelan en la estratosfera, normalmente entre 18 y 21 kilómetros sobre la superficie terrestre. Desde esa posición funcionan como una especie de torres de telefonía en el cielo, cubriendo áreas enormes con señal de datos y voz.
La gran diferencia frente a los satélites es que estas plataformas están mucho más cerca de la Tierra. Eso permite reducir el retardo de la señal (latencia), algo clave para usos que requieren respuesta rápida, como videollamadas, videojuegos online o aplicaciones críticas en emergencias. Además, pueden enviar la señal directamente a móviles corrientes, sin necesidad de antenas parabólicas ni equipos especiales en cada casa.
Según recoge la revista especializada MIT Technology Review, el potencial de estas HAPS es enorme para llevar conectividad a regiones remotas y dispersas donde la población es tan baja que no sale a cuenta construir infraestructura terrestre. Hablamos de pequeñas islas, pueblos de montaña, zonas desérticas o bosques donde levantar torres o tender fibra es un auténtico dolor de cabeza logístico y económico.
Todo esto se plantea en un contexto en el que, pese a la existencia de cerca de 10.000 satélites Starlink activos y unos 650 satélites de OneWeb, la cobertura robusta sigue sin estar garantizada en grandes extensiones del planeta. Es decir, la promesa del internet satelital global todavía tiene huecos importantes, y ahí es donde el internet estratosférico quiere entrar con fuerza.

El precedente de Loon, el proyecto de globos de Google
Antes de esta nueva generación de plataformas, uno de los intentos más conocidos fue Loon, el proyecto de Google X. Lanzado en 2011, su idea era crear una red de globos aerostáticos en la estratosfera que hiciera de red de telecomunicaciones flotante. Los globos se situaban a gran altitud y debían permanecer, en teoría, sobre zonas concretas para dar servicio de internet.
Sobre el papel sonaba muy bien, pero en la práctica se toparon con un problema de física básica: los globos dependían por completo de las corrientes de viento. Aunque el sistema era capaz de cambiar de altitud para aprovechar vientos en distintas direcciones, resultaba muy difícil mantener un globo exactamente donde interesaba durante largos periodos de tiempo.
Esa imprevisibilidad obligaba a tener una flota enorme de globos en el aire para garantizar que, al menos, algunos estuvieran en la zona de servicio, lo que disparaba los costes. A medida que el proyecto avanzaba, se hizo evidente que el modelo era económicamente inviable. Tras años de pruebas, Google cerró Loon definitivamente en 2021.
Pese a ese golpe, la idea de aprovechar la estratosfera para ofrecer conectividad no murió. En paralelo, otras empresas llevaban tiempo trabajando en HAPS más controlables, con diseños muy distintos a los globos: dirigibles maniobrables y drones de ala fija alimentados por energía solar o hidrógeno. La clave estaba en lograr una plataforma que pudiera permanecer casi estacionaria sobre un punto, sin confiar en la buena suerte con el viento.
Hoy, compañías como Aalto HAPS o Sceye sostienen que han resuelto precisamente ese punto débil que hundió a Loon, combinando aerodinámica más eficiente, aviónica inteligente y sistemas de propulsión capaces de “apuntar contra el viento” para compensar las rachas y anclarse, en la práctica, sobre un área de servicio concreta.

El gran argumento de esta nueva hornada de proyectos es su capacidad para permanecer en el aire durante semanas o incluso meses, operando como auténticas antenas flotantes. Ya no hablamos de simples prototipos: algunas plataformas han batido récords significativos que demuestran que la tecnología está madurando.
Uno de los nombres que más suena es Aalto HAPS, una empresa derivada del gigante aeroespacial europeo Airbus. Su proyecto estrella es Zephyr, un dron ultraligero alimentado por energía solar, con una envergadura de unos 25 metros. Este vehículo ha ido acumulando vuelos de prueba cada vez más largos, hasta alcanzar una marca muy llamativa: 67 días consecutivos en el aire en abril de 2025, un récord dentro del sector HAPS.
Desde un punto de vista técnico, Zephyr está diseñado para volar en la estratosfera y actuar como una torre de telefonía móvil suspendida muy por encima del suelo. Según explica Pierre‑Antoine Aubourg, director de tecnología de Aalto HAPS, la idea es integrarlo en redes comerciales de operadores móviles para que sea, a todos los efectos, una celda más dentro de la red, solo que flotando a casi 20 kilómetros de altitud.
Las primeras pruebas relevantes de uso comercial de Zephyr se realizarán en el sur de Japón, en colaboración con el operador móvil NTT DOCOMO y la empresa de telecomunicaciones vía satélite Space Compass. Japón se ha convertido en un laboratorio ideal por su geografía: cuenta con unas 430 islas habitadas, muchas de ellas montañosas, remotas y con poblaciones relativamente pequeñas, lo que complica sobremanera el despliegue de infraestructura clásica.
En estas pruebas japonesas, Zephyr emitirá conectividad 5G de alta velocidad directamente a smartphones normales, sin que el usuario tenga que instalar nada especial. La frecuencia y la forma de integrarlo en la red harán que, para la persona en tierra, el salto entre una celda terrestre y la plataforma estratosférica pase prácticamente desapercibido.
Dirigibles estratosféricos y nuevos diseños HAPS
Además de los drones de ala fija como Zephyr, otro enfoque con mucho peso en este sector son los dirigibles estratosféricos. Aquí entra en juego Sceye, una compañía con sede en Nuevo México (Estados Unidos) que ha desarrollado un aerostato de gran tamaño, de unos 65 metros de longitud, presurizado y alimentado por energía solar y helio.
El fundador y director ejecutivo de Sceye, Mikkel Frandsen, sostiene que su empresa ha logrado lo que Loon no pudo, gracias a la combinación de la forma controlable del dirigible, una aviónica avanzada y baterías de nueva generación. Estas baterías alimentan un ventilador eléctrico que permite al dirigible “apuntar contra el viento”, es decir, oponerse a las corrientes y mantener su posición sobre el área que interesa.
Este diseño proporciona una ventaja extra: la gran superficie del dirigible permite incorporar paneles solares y baterías de alta capacidad, además de levantar más de 250 kilos de carga útil. De este modo, la plataforma puede mantener la energía necesaria durante los ciclos día‑noche y permanecer estable tanto en altitud como en posición, algo clave para un servicio continuo.
Sceye también tiene a Japón en el punto de mira para sus primeras pruebas precomerciales de conectividad estratosférica. La compañía se ha aliado con SoftBank, uno de los gigantes nipones de las telecomunicaciones, que ve en las HAPS una forma de llevar sus redes “a otro nivel” y cubrir zonas rurales o insulares que hoy siguen en el limbo digital.
Paralelamente, hay otros actores importantes moviendo ficha. World Mobile, con sede en Londres, adquirió la empresa Stratospheric Platforms y está trabajando en un UAV estratosférico impulsado por hidrógeno equipado con una antena de matriz en fase capaz, según sus planes, de ofrecer hasta 200 Mbps a unos 500.000 usuarios simultáneos sobre un área de unos 15.000 km², lo que equivaldría, más o menos, a la cobertura de más de 500 torres de telefonía tradicionales.
Ventajas frente al internet por satélite y la infraestructura terrestre
El interés por el internet estratosférico no viene solo por lo llamativo de ver dirigibles y drones en la parte alta del cielo. La motivación principal es económica y operativa: hacer rentable la conectividad en zonas donde hoy no lo es y complementar las redes existentes de forma más flexible.
Una de las críticas habituales al internet por satélite, incluso a sistemas tan avanzados como Starlink, es que el ancho de banda se diluye cuando se concentran muchos usuarios en una misma zona. Al estar los satélites en órbita terrestre baja, su “cono de cobertura” es muy amplio, como si fuera el haz de una linterna: genial para zonas con usuarios dispersos, pero problemático cuando la densidad de clientes aumenta.
Hay ejemplos muy claros: en contextos de conflicto, como el frente de batalla en Ucrania, se han reportado caídas de rendimiento de Starlink de picos de 220 Mbps a apenas 10 Mbps cuando el uso se dispara, por ejemplo con muchos drones y robots terrestres conectados a la vez. En Indonesia, país insular con una geografía parecida en algunos aspectos a la de Japón, algunos usuarios también han indicado pérdida de velocidad a medida que crecían las suscripciones.
Frandsen llega a afirmar que el rendimiento óptimo de Starlink empieza a resentirse cuando se supera aproximadamente un usuario por kilómetro cuadrado, algo que puede pasar incluso en comunidades isleñas que, sin ser enormes, concentran a cientos o miles de personas en poco espacio. Esa limitación hace que los operadores busquen alternativas para ciertas regiones.
Las HAPS, por el contrario, pueden flotar sobre una región concreta y ajustar la cantidad de plataformas en función de la demanda real, sin necesidad de desplegar constelaciones completas para un solo país o zona. Como resume Aubourg, si se quiere cobertura en un área específica, basta con una aeronave estratosférica; si hace falta más capacidad, se añaden más, pero de forma mucho más granular.
Costes, modelos de negocio y potencial de mercado
Un punto clave de esta historia es cuánto va a costar realmente este tipo de conectividad frente a las alternativas. Hoy por hoy, el internet por satélite sigue siendo prohibitivo para muchos usuarios en países en desarrollo. Las tarifas de Starlink comienzan en torno a los 10 dólares al mes en algunas zonas de África, pero millones de personas en esos países viven con apenas 2 dólares diarios, por lo que el servicio simplemente no les sale a cuenta.
Empresas como Aalto HAPS o Sceye defienden que sus plataformas pueden reducir los costes de despliegue por usuario en comparación con los satélites y con la infraestructura terrestre en áreas remotas. Al poder cubrir regiones amplias con pocas aeronaves y sin necesidad de instalar miles de torres, se abaratan tanto la inversión inicial como el mantenimiento, algo que, en teoría, debería reflejarse en precios más ajustados para el usuario final.
World Mobile, por su parte, ha puesto cifras muy concretas sobre la mesa. Según Richard Deakin, responsable de su división estratosférica, bastarían nueve plataformas Stratomast para dar servicio de alta velocidad a los 5,5 millones de habitantes de Escocia con un coste total aproximado de 40 millones de libras al año. Traducido a lo cotidiano, eso equivaldría a unos 60 peniques por persona al mes, muy por debajo de las cuotas actuales de Starlink en el Reino Unido, fijadas en unas 75 libras mensuales.
Aun así, los analistas del sector mantienen una postura prudente. Estudios como los de Analysis Mason proyectan que el mercado HAPS podría alcanzar en torno a 1.900 millones de dólares para 2033, una cifra modesta si se compara con las estimaciones para la industria del internet por satélite, que podría rondar los 33.440 millones de dólares en 2030. Es decir, el pastel de los satélites será, previsiblemente, mucho mayor, pero las HAPS aspiran a quedarse con nichos muy concretos y estratégicos.
Conviene recordar que la tecnología HAPS no es nueva en concepto. Se investiga desde los años noventa, casi en paralelo al desarrollo de las megaconstelaciones de satélites. Sin embargo, la caída del coste de los lanzamientos espaciales y las inversiones gigantescas de empresas como SpaceX hicieron que las soluciones estratosféricas quedaran, durante un tiempo, en segundo plano. Ahora regresan con fuerza gracias a la mejora en materiales, baterías, paneles solares y sistemas de control.
Regulación, seguridad y aplicaciones más allá del acceso a internet
Para que el internet estratosférico se convierta en algo habitual no basta con tener la tecnología lista; hace falta que los reguladores lo vean viable y seguro. En este sentido, la Administración Federal de Aviación (FAA) de Estados Unidos ha empezado a mover ficha, publicando un documento de unas 50 páginas en el que estudia cómo integrar un número considerable de plataformas HAPS en el espacio aéreo norteamericano.
Este interés regulatorio no es casual. En Estados Unidos todavía hay unos 8 millones de hogares sin conexión, alrededor del 4,5 % de la población, según datos de la American Community Survey de la Oficina del Censo. Para quienes defienden las HAPS, estas plataformas pueden ofrecer una solución más barata y flexible que desplegar nuevas redes de fibra o seguir extendiendo la infraestructura móvil tradicional.
Además del acceso a internet, las plataformas estratosféricas tienen un abanico de aplicaciones adicionales muy jugosas. Gobiernos y fuerzas de seguridad pueden usarlas para vigilancia de fronteras, control de tráfico marítimo o aéreo, misiones de reconocimiento y comunicaciones de emergencia en catástrofes naturales o conflictos armados, donde la infraestructura en tierra puede quedar destruida o inutilizada.
En el terreno de la protección civil y el medio ambiente, las HAPS sirven como plataformas de observación y teledetección: detección temprana de incendios forestales, seguimiento del clima, monitorización de emisiones o control de derrames contaminantes. Su capacidad para mantenerse durante mucho tiempo sobre una misma región las convierte en una herramienta ideal para este tipo de tareas prolongadas.
También empiezan a explorarse posibilidades comerciales algo más exóticas, como los dirigibles turísticos estratosféricos para llevar pasajeros a la “frontera del espacio” y ofrecer experiencias de vuelo a gran altitud. Estas mismas plataformas podrían transportar cargas útiles científicas o tecnológicas (payloads) y servir como bancos de pruebas para nuevos sensores, cámaras o sistemas de comunicaciones.
NASSAT y las soluciones de conectividad para HAPS
En paralelo al desarrollo de aeronaves y dirigibles, se están creando soluciones específicas de comunicaciones para que estas plataformas puedan integrarse sin problemas con redes satelitales y terrestres. Un ejemplo es NASSAT, que trabaja en sistemas de conectividad avanzados pensados para operar en el eje Satélite / Estratosfera / Tierra y ofrecer enlaces robustos a grandes altitudes.
Las soluciones de NASSAT incluyen antenas planas electrónicas sin partes móviles, con direccionamiento electrónico de haz, adquisición automática de señal y cambio dinámico de polarización. Este tipo de antenas está pensado para soportar conmutación rápida entre diferentes satélites HTS y VHTS, manteniendo una latencia inferior a unos 35 milisegundos incluso en situaciones exigentes.
En el tramo que va de la estratosfera al suelo, estas propuestas combinan tecnologías como MIMO masivo y formación de haces 3D, con la opción de operar en bandas como la banda S para mejorar la robustez frente a interferencias y condiciones atmosféricas adversas. Todo ello se apoya en materiales avanzados como aerogel, Kapton, teflón o fibra de carbono, así como sistemas de control térmico capaces de mantener temperaturas internas alrededor de los 25 °C cuando fuera se alcanzan los ‑70 °C.
Más allá de la capa puramente técnica, NASSAT subraya que muchos proyectos HAPS todavía carecen de soluciones integrales de comunicaciones y que existe una oportunidad importante para empresas que puedan ofrecer paquetes completos, desde la antena hasta la integración con redes de operadores y organismos públicos. Por eso colabora tanto con entidades gubernamentales como con empresas privadas y consorcios aeroespaciales.
Si todas estas piezas encajan, el internet estratosférico está bien posicionado para convertirse en un complemento real a las redes satelitales y terrestres, especialmente en territorios rurales, insulares o castigados por desastres naturales, donde desplegar antenas tradicionales es lento, caro o inviable. Lo que ocurra en los próximos años en Japón, Indonesia, Escocia o partes de África será decisivo para comprobar hasta qué punto estas plataformas pueden cumplir su promesa de reducir de verdad la brecha digital y competir, de tú a tú, con gigantes como Starlink.
Tabla de Contenidos
- Qué es exactamente el internet estratosférico
- El precedente de Loon, el proyecto de globos de Google
- Aeronaves estratosféricas capaces de semanas de vuelo
- Dirigibles estratosféricos y nuevos diseños HAPS
- Ventajas frente al internet por satélite y la infraestructura terrestre
- Costes, modelos de negocio y potencial de mercado
- Regulación, seguridad y aplicaciones más allá del acceso a internet
- NASSAT y las soluciones de conectividad para HAPS