Qué es el ancho de banda y cómo medirlo en tu conexión

Última actualización: 2 de febrero de 2026
  • El ancho de banda es la capacidad máxima de transmisión de datos de una conexión, distinta de la velocidad y de la latencia.
  • Se mide en bits por segundo (Mbps, Gbps), puede supervisarse con tests de velocidad y herramientas de monitorización.
  • Factores como número de usuarios, tipo de uso, WiFi, hardware y congestión determinan el ancho de banda efectivo.
  • Optimizar red local, priorizar tráfico crítico y, solo si es necesario, aumentar la tarifa permite aprovechar mejor la conexión.

ancho de banda y medición de velocidad

Entender bien qué es el ancho de banda, cómo se mide y cómo se optimiza no es solo cosa de frikis de las redes; si sabes interpretarlo, podrás elegir mejor tu tarifa, detectar cuándo tu operador no está cumpliendo, decidir si necesitas cambiar de router o simplemente ajustar tu red doméstica para que deje de ir lenta cuando toda la casa se conecta a la vez.

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Qué es exactamente el ancho de banda

Desde el punto de vista de las redes de datos, el ancho de banda es la capacidad máxima de transmisión que tiene una conexión en un intervalo de tiempo determinado. Es decir, es la cantidad máxima de información que puede circular entre tu dispositivo y la red en un segundo. Se expresa habitualmente en bits por segundo (b/s) y, como esa unidad se queda corta, se usan sus múltiplos: Kbps, Mbps, Gbps o incluso Tbps en enlaces muy rápidos.

Una forma muy visual de entenderlo es pensar en una carretera o una tubería de agua. El ancho de banda sería el número de carriles o el grosor de la tubería: cuantos más carriles o más grosor, más coches o más litros pueden pasar a la vez. En redes pasa lo mismo: con más ancho de banda, puedes transmitir más datos simultáneamente, lo que se traduce en descargas rápidas, streaming fluido y menos peleas por la WiFi en casa.

En conexiones modernas de fibra óptica (FTTH), el ancho de banda disponible es muy superior al que ofrecen tecnologías antiguas como el ADSL o el cable de cobre. Esto no solo implica más capacidad, sino también una estabilidad mayor: la velocidad se mantiene mucho más constante, incluso en horas punta.

Es importante tener claro que el ancho de banda es una “capacidad máxima teórica”, no lo que efectivamente estás usando en cada momento. Tu conexión puede estar preparada para mover 600 Mbps, pero si ahora mismo solo estás viendo un vídeo en HD en el móvil, seguramente estarás utilizando una fracción muy pequeña de esa capacidad.

Ancho de banda en ondas, informática y WiFi

El concepto de ancho de banda no nació con Internet. En origen pertenece al campo de las ondas y las señales analógicas. En ese contexto, el ancho de banda de una señal es el rango de frecuencias en el que se concentra la mayor parte de su potencia. Se mide en hercios (Hz) y hace referencia a las frecuencias entre dos puntos de corte donde la señal sigue teniendo un nivel de potencia útil.

Cuando el término saltó a la informática y a las redes, se adaptó para describir la cantidad de datos que pueden transmitirse por unidad de tiempo, ya no en Hz, sino en bits por segundo. Desde entonces, cuando hablamos de ancho de banda de red o ancho de banda digital nos referimos a esa capacidad de transferencia de información entre dos extremos.

En redes WiFi se mezclan literalmente ambos mundos: por un lado, tenemos el ancho de banda en hercios (el “espacio” de frecuencias disponible en el espectro de radio), y por otro, el ancho de banda en bits por segundo (la cantidad de datos que podemos mover usando esas frecuencias). Las WiFi domésticas suelen trabajar en 2,4 GHz y 5 GHz. La banda de 5 GHz tiene más canales y mayor ancho de banda espectral, lo que permite transportar más información y llegar a mayores tasas de datos, a costa de una menor cobertura.

La señal WiFi se organiza en canales, y ahí pueden aparecer problemas: si vives en un bloque de pisos y muchos routers cercanos usan el mismo canal, se generan interferencias y el ancho de banda efectivo se desploma. Entrando en la configuración del router (consultando su manual o a tu operadora) puedes cambiar manualmente el canal del WiFi para elegir uno menos saturado y ganar capacidad real.

Diferencia entre ancho de banda, velocidad, latencia y banda ancha

Uno de los líos más habituales es confundir ancho de banda con velocidad de Internet. Aunque muchos anuncios los usen como sinónimos, no son exactamente lo mismo. El ancho de banda es la capacidad máxima del “tubo” de datos, mientras que la velocidad es la tasa real a la que se están transfiriendo los datos en un momento concreto. Puedes tener contratados 300 Mbps, pero si ahora mismo descargas a 80 Mbps, esa es tu velocidad efectiva.

La velocidad real depende de muchos factores: cuántos dispositivos comparten la conexión, qué aplicaciones están consumiendo datos, la congestión en la red del operador, la distancia al servidor, etc. Por eso, un gran ancho de banda no garantiza que siempre veas la máxima cifra contratada en los tests.

La latencia es otro concepto diferente pero igual de importante. Mientras el ancho de banda habla de cuánto puedes transmitir, la latencia mide el tiempo que tarda un paquete de datos en ir desde tu equipo hasta el destino y volver. Se mide en milisegundos (ms). Una red con mucho ancho de banda pero latencia alta puede ser un suplicio para videollamadas y juegos online: los datos llegan tarde, se nota retraso al hablar o al mover tu personaje en pantalla.

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Si volvemos a la analogía de la carretera, el ancho de banda sería el número de carriles y la latencia el tiempo que tarda un coche en recorrer la distancia entre la salida y la llegada. Un coche puede ir por una autopista enorme (mucho ancho de banda), pero si hay atascos, semáforos o rodeos (mala latencia y congestión), seguirá tardando en llegar.

La banda ancha, por su parte, es un término más de marketing y regulación. Se usa para referirse a conexiones de Internet de alta velocidad que superan cierto umbral mínimo de capacidad. En España, por ejemplo, se considera banda ancha fija a partir de unos 30 Mbps de descarga. Es decir, banda ancha es el “tipo” de conexión rápida; el ancho de banda es la cantidad concreta de datos que esa conexión puede mover por segundo.

Cómo funciona el ancho de banda en tu red doméstica

En casa, todo gira alrededor del router. Es el punto en el que tu conexión con el proveedor (fibra, cable, ADSL, 4G/5G fijo…) se reparte entre tus dispositivos: ordenadores, móviles, Smart TV, consolas, altavoces inteligentes, cámaras IP, domótica, etc. Todos ellos comparten el mismo ancho de banda contratado.

Cuando varios equipos utilizan Internet al mismo tiempo, el ancho de banda se reparte entre ellos. Si la suma de lo que piden se acerca o supera la capacidad disponible, aparece la congestión: las descargas se ralentizan, los vídeos hacen pausas para cargar, las videollamadas pixelan o se cortan, los juegos sufren tirones… y empiezan los “¿quién está descargando algo?” en casa.

Los routers modernos suelen incluir funciones de gestión de tráfico (QoS, Quality of Service). Con ellas, puedes priorizar ciertos tipos de tráfico (por ejemplo, videollamadas o juegos online) frente a otros menos críticos (descargas masivas, copias de seguridad, actualizaciones en segundo plano). De este modo, aunque el ancho de banda sea limitado, las actividades sensibles a cortes se mantienen más estables.

La red local también puede limitar tu ancho de banda efectivo. Un router antiguo, cables Ethernet de categoría baja, adaptadores de red desfasados o un mal posicionamiento del punto WiFi pueden hacer que no aproveches ni de lejos la capacidad contratada. Muchas veces echamos la culpa al proveedor cuando el cuello de botella está en nuestro propio equipo.

Para exprimir al máximo la conexión, es recomendable usar conexiones por cable Ethernet en dispositivos clave (PC de trabajo, consola, smart TV), colocar el router en una zona central y elevada, evitar esconderlo en muebles cerrados y, si tu equipo es dual band, usar la banda de 5 GHz para lo que más consume y dejar 2,4 GHz para móviles lejanos y domótica.

Unidades: bits, bytes, Mb/s, MB/s y por qué hay tanta confusión

Uno de los puntos que más quebraderos de cabeza da a la gente es entender por qué tu operador habla de Mbps pero tu navegador o tu gestor de descargas muestran velocidades en MB/s. La clave está en distinguir entre bit (b) y byte (B). Un byte está formado por 8 bits, y la mayoría del almacenamiento y los archivos se miden en bytes, mientras que las redes suelen expresarse en bits.

En redes utilizamos normalmente Kb/s, Mb/s o Gb/s (kilobits, megabits y gigabits por segundo). En cambio, las aplicaciones que descargan archivos suelen mostrar la velocidad en KB/s, MB/s o GB/s (kilobytes, megabytes y gigabytes por segundo). Como 1 B = 8 b, una conexión de 200 Mb/s permite, en el mejor de los casos, descargar en torno a 25 MB/s (200 dividido entre 8).

Algunos equivalentes de referencia para tenerlo claro:

  • 1 b/s = 1 bit por segundo
  • 1 Kb/s ≈ 1.000 bits por segundo
  • 1 Mb/s ≈ 1.000.000 de bits por segundo
  • 1 Gb/s ≈ 1.000.000.000 de bits por segundo

Cuando veas anuncios tipo “600 Mb de fibra”, están hablando de 600 megabits por segundo. La cifra que verás en una descarga en megabytes será aproximadamente esa cantidad dividida entre 8, restando además las pequeñas pérdidas por protocolos y cabeceras. Por eso, es normal que tu navegador marque menos “megas por segundo” de los que parece prometer la publicidad.

Cómo medir el ancho de banda de tu conexión

Medir tu ancho de banda real es imprescindible para saber si tu conexión rinde como debería. No basta con fiarse de la velocidad anunciada; conviene comprobar qué estás recibiendo realmente en tu casa u oficina.

La forma más sencilla es usar un test de velocidad online. Páginas como Speedtest.net, Fast.com, nPerf o incluso el propio test que ofrece Google al buscar “test de velocidad” te muestran la velocidad de descarga, la velocidad de subida y la latencia. Muchos operadores también ofrecen su propio test para comprobar sus líneas.

Para que la prueba sea fiable hay que seguir unas cuantas buenas prácticas: conecta el ordenador al router por cable Ethernet, cierra programas que consuman datos (copias en la nube, streaming, descargas), desconecta otros dispositivos de la red y repite el test a diferentes horas del día. Así podrás detectar si en horas punta la velocidad cae demasiado por congestión.

Si mides por WiFi y ves resultados mucho peores que por cable, el problema seguramente esté en la parte inalámbrica: interferencias, saturación de canal, distancia excesiva, paredes gruesas, etc. En ese caso, puede ser buena idea cambiar de canal WiFi, usar la banda de 5 GHz donde sea posible o plantearse repetir la señal con un sistema mesh.

En entornos más técnicos o corporativos existen herramientas avanzadas como iPerf, Netperf o qPerf, que permiten medir la capacidad real entre dos puntos de la red interna, simular tráfico y analizar el rendimiento bajo carga. También se usan comandos como ping y traceroute para evaluar la latencia y localizar posibles cuellos de botella en el camino hacia determinados servidores.

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Medir y supervisar el ancho de banda de red en entornos profesionales

En redes corporativas, medir el ancho de banda no es algo puntual, sino un proceso continuo de monitorización. El objetivo es saber qué aplicaciones, usuarios y segmentos de la red se están comiendo más capacidad, detectar anomalías de seguridad y planificar ampliaciones sin ir a ciegas.

La monitorización de ancho de banda permite a los administradores asignar prioridad a aplicaciones críticas (como VoIP, videoconferencia o sistemas de gestión empresarial), evitar que tráfico no prioritario o incluso no autorizado bloquee la red, localizar cuellos de botella y descubrir comportamientos anómalos que puedan indicar ataques DDoS o malware consumiendo recursos.

Dos técnicas muy utilizadas para recopilar datos de tráfico son SNMP y NetFlow. Con SNMP, las herramientas de monitorización preguntan periódicamente a los dispositivos de red (routers, switches) por estadísticas de uso de sus interfaces, entre ellas, los bytes enviados y recibidos. Con NetFlow (y variantes como jFlow, sFlow o IPFIX), los equipos envían información detallada de los “flujos” de tráfico: direcciones IP de origen y destino, puertos, protocolo, interfaz de entrada y valores de calidad de servicio.

Analizando estos datos se puede ver quién consume qué y cuándo: principales remitentes y receptores, protocolos más usados, aplicaciones predominantes, picos y valles de ancho de banda, etc. Herramientas comerciales como WhatsUp Gold, entre otras, explotan NetFlow y compañía para ofrecer gráficos, alertas basadas en umbrales y reportes históricos muy útiles para justificar inversiones o afinar configuraciones.

Además de rendimiento, la monitorización de ancho de banda es clave para la seguridad. Un uso inusual de tráfico hacia puertos raros, un aumento repentino de conexiones salientes o flujos masivos hacia un mismo destino pueden delatar infecciones, criptominería oculta, aplicaciones no autorizadas (shadow IT) o ataques de denegación de servicio.

Cómo se contrata y factura el ancho de banda

Cuando contratas Internet para casa, lo habitual es que el operador te venda un plan con un límite máximo “hasta X Mbps”. Eso significa que, en condiciones ideales, tu conexión podría alcanzar esa cifra, pero no se garantiza que siempre vayas a navegar a esa velocidad exacta. La velocidad real variará según la hora del día, la saturación, la tecnología de acceso y otros factores.

En el mundo empresarial, los contratos suelen ser más estrictos. Las compañías de telecomunicaciones ofrecen servicios con ancho de banda mínimo garantizado, acuerdos de nivel de servicio (SLA) con tiempos de actividad comprometidos y métricas concretas de rendimiento. Esto es fundamental para empresas que dependen de la conectividad para su operativa diaria.

También existe el modelo de facturación por uso de ancho de banda en lugar de una tarifa plana. Por ejemplo, un proveedor de alojamiento web puede cobrar a un cliente en función de la cantidad de datos que ha transferido su sitio durante un mes. En este caso, medir bien el consumo es esencial para controlar costes y dimensionar los planes adecuados.

Por eso, en entornos profesionales no basta con saber la velocidad nominal del enlace. Es necesario revisar regularmente los informes de utilización, ver si se está llegando al límite con frecuencia, y decidir si es mejor optimizar el uso (prioridades, segmentación, cacheo) o si ya toca subir de escalón y contratar más capacidad.

Problemas habituales relacionados con el ancho de banda

Cuando el ancho de banda es insuficiente, los síntomas se notan enseguida. Operaciones que deberían ser rápidas empiezan a tardar demasiado, aparecen tiempos de espera, errores en aplicaciones, fallos en copias de seguridad y, en general, una sensación de lentitud constante al trabajar con la red.

En VoIP (llamadas por Internet), un ancho de banda escaso se traduce en mala calidad de audio: sonido entrecortado, volumen bajo, ecos o incluso cortes de conversación. Muchos sistemas de voz ajustan automáticamente la calidad en función de la capacidad disponible; cuando esta es muy baja, se sacrifica fidelidad para mantener la llamada, hasta que deja de ser usable.

Las videollamadas son aún más exigentes que la voz, porque combinan audio y vídeo en tiempo real. Sin ancho de banda suficiente, el resultado son imágenes congeladas, baja resolución, retrasos de varios segundos y, en el peor caso, desconexiones repetidas. Plataformas de videoconferencia avanzadas ajustan dinámicamente la resolución y la tasa de bits según lo que haya disponible, pero hay un límite físico que no se puede superar.

Los servicios de streaming, como plataformas de vídeo bajo demanda, también tienen requisitos mínimos. Por ejemplo, se suelen recomendar al menos 4 Mbps para vídeo HD y bastante más para 4K. Muchos reproductores usan buffer: descargan parte del contenido por adelantado para compensar posibles bajadas puntuales de velocidad. Si la conexión es demasiado lenta, el vídeo tardará mucho en empezar o se parará a menudo para seguir llenando el buffer.

Los gamers online tampoco se libran. Aunque para jugar el parámetro más crítico es la latencia, una falta de ancho de banda puede provocar retrasos a la hora de enviar y recibir información de la partida, causando desincronizaciones, “teletransportes” y expulsiones del servidor. Organismos como la FCC han llegado a recomendar velocidades mínimas cercanas a 4 Mbps para juegos multijugador en tiempo real en HD, aunque en la práctica lo importante es que la línea sea estable y no esté saturada por otros usos.

Curiosamente, tener demasiado ancho de banda rara vez provoca problemas técnicos. El único inconveniente es económico: pagar por más capacidad de la que realmente necesitas puede no ser rentable. La clave está en dimensionar bien: que sobre un margen razonable para picos de tráfico, pero sin sobredimensionar absurdamente la línea.

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Otro enemigo del buen aprovechamiento del ancho de banda es la latencia alta. Aunque tengas un enlace con mucha capacidad, si los paquetes tardan demasiado en ir y volver, la red no llega a llenarse de datos de forma eficiente y el rendimiento (goodput) efectivo baja. Esto sucede, por ejemplo, en enlaces satelitales o cuando hay muchos saltos intermedios mal optimizados.

Cuánto ancho de banda necesitas realmente

No existe una única cifra mágica de ancho de banda que valga para todos. Lo que vas a necesitar depende del número de personas en la casa u oficina, de cuántos dispositivos se conectan a la vez y de qué tipo de actividades realizáis.

Algunas referencias orientativas para un hogar medio podrían ser:

  • 5-10 Mbps: dos personas con uso muy básico (navegar, correo, redes sociales, algo de vídeo en baja calidad).
  • 15-25 Mbps: hasta 2-3 usuarios con consumo algo más intenso: streaming en HD, juegos online ocasionales, videollamadas esporádicas.
  • 50-100 Mbps: hogares con varios dispositivos conectados a la vez, streaming en alta definición en varias teles, teletrabajo, clases online.
  • Más de 100 Mbps: si hacéis varios streams en 4K, jugáis online en serio, subís muchos archivos pesados o trabajáis a diario con herramientas en la nube.

Si nos vamos a hogares muy conectados o pequeñas oficinas con muchos empleados, no es raro ver conexiones de 300 Mbps, 600 Mbps o incluso 1 Gbps. En ese escenario lo importante no es solo el ancho de banda bruto, sino la calidad del router, el cableado interno y la posibilidad de segmentar la red por departamentos o usos para que el tráfico no se estorbe.

Antes de subir de tarifa a lo loco porque la red “va lenta”, conviene revisar la instalación: comprobar que el router no se queda corto, que los cables son adecuados, que la WiFi no está saturada y que no haya procesos en segundo plano llevándose buena parte del pastel (copias de seguridad automáticas, actualizaciones, cámaras IP subiendo vídeo a la nube, etc.). Muchas veces optimizando eso se gana más que sumando megas.

En cualquier caso, apostar por una conexión de fibra óptica (FTTH) cuando esté disponible es la mejor forma de asegurarte un ancho de banda estable, con poca variación según la hora y una latencia baja, lo que mejora tanto descargas masivas como aplicaciones en tiempo real.

Cómo aumentar y optimizar tu ancho de banda

Si notas que tu conexión se queda corta para el uso que le dais, hay varias cosas que puedes hacer antes (y después) de llamar a tu operador para subir de plan.

Lo primero es revisar el hardware: un router con más de 4-5 años o con firmware obsoleto puede ser un cuello de botella, sobre todo si la velocidad contratada es alta. Cambiarlo por un modelo moderno con WiFi de última generación suele marcar una gran diferencia. También ayuda usar cables Ethernet de categoría 6 o superior y, si la vivienda es grande o con muchas paredes, instalar repetidores o sistemas mesh para que la cobertura llegue en condiciones a todas las habitaciones.

Después merece la pena echar un ojo a la configuración de la red. Activar y ajustar QoS en el router para priorizar tráfico importante (videollamadas, VoIP, juegos), elegir canales WiFi menos saturados, separar redes de invitados de la red principal y, cuando sea posible, limitar o programar descargas automáticas para que se hagan de madrugada.

Otra medida sencilla es evitar la saturación innecesaria: programar las copias de seguridad en la nube fuera del horario de trabajo, pausar torrents cuando alguien está en una reunión importante, cerrar pestañas y apps que están reproduciendo vídeo en segundo plano o consumiendo datos sin sentido, y coordinarse mínimamente con el resto de usuarios de la red.

Si, aun optimizando todo esto, la red sigue quedándose corta, probablemente sí toque contratar un plan con más ancho de banda. En ese punto, conviene comparar ofertas reales, fijarse en si la velocidad de subida es suficiente para lo que haces (subir vídeos, enviar grandes adjuntos, teletrabajo intensivo) y desconfiar de las promesas “hasta X Mbps” sin garantías mínimas.

En servicios de videoconferencia profesionales se utilizan técnicas de optimización automática del ancho de banda: la plataforma analiza tu conexión en tiempo real y ajusta la calidad del vídeo y el audio para minimizar los cortes. Si la red se congestiona, baja la resolución para mantener la llamada estable; si detecta más capacidad libre, la sube. Este tipo de gestión inteligente permite que las reuniones sean utilizables incluso con conexiones lejos de ser perfectas.

Entender el ancho de banda como un recurso finito que hay que gestionar —igual que harías con la electricidad, el agua o el espacio de almacenamiento— te ayuda a sacarle mucho más partido. Conociendo qué es, cómo se mide, qué lo afecta y cómo mejorarlo, resulta más fácil elegir la tarifa adecuada, configurar bien tu red y evitar gran parte de los clásicos problemas de “Internet va fatal” que tantos quebraderos de cabeza dan en casa y en la oficina.